Hasta hace relativamente poco, no más allá de un par o tres de generaciones, la mayoría de personas nacían y morían en el mismo lugar o alrededores. Y aunque existieran fenómenos migratorios, muchos eran los que se asentaban de forma permanente y echaban raíces en los lugares de acogida, por lo que a lo largo de sus vidas su entorno permanecía estable durante muchos años.

Este hecho reforzaba los vínculos sociales y la amistad a largo plazo ni que solo fuese porque las personas coincidían en el mismo ambiente. De hecho es lo que ocurre todavía en los pueblos pequeños, donde las relaciones sociales acostumbran a ser más estrechas.

Sin embargo, la situación ha cambiado para gran parte de la población y hoy en día vivimos en una sociedad líquida, frenética, hiperconectada digitalmente y a la vez profundamente desconectada a nivel presencial.

Llegamos a conocer a miles de personas (literalmente) que pasan por nuestras vidas, pero con muy pocos establecemos vínculos profundos, y aún más difícilmente mantenemos esas relaciones a lo largo de la vida. 

¿Qué pasa en nuestra mente cuando no nos vemos durante mucho tiempo?

Nuestra mente necesita encajar a los demás de una forma simplificada cuando no estamos con ellos, y aún más si hace tiempo que no los vemos de forma presencial. Y si funcionamos así es porque nos ha resultado adaptativo a lo largo de la evolución. Sintetizar la información a nivel cerebral ayuda a que nuestra mente esté menos dispersa con tantas entradas de información que recibe. 

Lo fácil es tener un recuerdo estático de cómo son los demás: una conversación, nuestra última actividad compartida o cómo nos hicieron sentir en un momento determinado.

Lo que no tenemos tan presente es que, del mismo modo que nos pasa a nosotros, hay momentos en que las personas viven experiencias especialmente significativas o evolucionan por algún aspecto que estén viviendo.

Al no estar presentes en su día a día o compartir sus inquietudes, nuestro cerebro tiende a ver a las personas de forma reduccionista, sin tener en cuenta todos sus matices. Pero no podemos olvidar que somos seres humanos en constante evolución y que muchas veces los demás, al igual que nosotros,  ya no habitan en el cajón donde los guardamos.

¿Y qué ocurre cuándo nos reencontramos?

Cuando nos volvemos a reencontrar con los amigos que hace tiempo que no vemos, es posible que nos hayamos perdido una parte importante de sus vivencias y eso tiene sus consecuencias. Aunque dependerá de la relación, básicamente podrán darse dos situaciones distintas:

Que nada haya cambiado entre las dos personas y la confianza se mantenga intacta por mucho tiempo que haya pasado.

Que esa relación se vea mermada por la desconexión temporal o por lo que nos haya sucedido durante ese tiempo y no conectemos como solíamos hacerlo.

Que ocurra una u otra dependerá de diversas circunstancias, tales como el nivel de confianza previa, la profundidad de la amistad, que no haya habido ningún malentendido durante el tiempo de ausencia o alguna decepción importante, entre otros.

¿Qué podemos hacer para conservar la amistad?

En cualquier caso, si lo que realmente queremos es que nos ocurra la primera opción y poder mantener la amistad con aquellos que consideramos nuestros verdaderos amigos, hay varios factores que pueden ayudarnos:

Potenciar los encuentros personales de calidad. Como en tantos otros temas, es mucho mejor apostar por la calidad que por la cantidad. Un encuentro especial durante unas horas en las que podemos ponernos al día, es mucho más gratificante que verse más asiduamente pero sin poder  hablar de forma más personal y profunda.

Llamar por teléfono. Desde que existe WhatsApp, el número de llamadas ha caído en picado. Una buena conversación telefónica o hablar un rato por Skype es casi tan cercano como verse presencialmente y ayuda a mantener el vínculo emocional.

No esperar a que sea el otro el que nos diga algo. En el tema de la amistad, al igual que en el amor, hay que ser generoso y no pensar quién se puso en contacto con quién la última vez. Si realmente las dos partes quieren conservar la relación, ambas harán por seguir en contacto.

Ser empático. Una amistad se alimenta de la conexión que establecemos con el otro a través de los puntos que tenemos en común, de la confianza, de compartir ilusiones y de una profunda empatía con el otro. Sin esta última, nuestras relaciones serían mucho más vacías al no poder entender cómo se siente realmente la otra persona.

Estar especialmente en los malos momentos y no solo en los buenos. Cuando no tenemos grandes problemas y las cosas van bien, es fácil tener amigos. El problema llega cuando las cosas se complican. Si realmente queremos considerarnos buenos amigos, hemos de serlo en todas las circunstancias y ayudar en la medida que podamos a la otra persona. La mayoría de las veces la solución no está en nuestras manos, pero que el otro tenga un hombro en el que llorar cuando todo se tuerce es una gran ayuda.

Utilizar las redes sociales para estar presente en la vida del otro. Aunque no haya una interacción continua, saber que el otro está ahí nos acerca a él. En ese sentido las redes son fantásticas y permiten demostrar a los demás que les continuamos apreciando aunque no nos veamos, ya sea enviando un mensaje o dándole un “Like”.

Saber qué tipo de amigo es el otro. Los amigos perfectos no existen, así que para no llevarnos decepciones o tener falsas expectativas sobre el otro, lo mejor es saber exactamente qué tipo de amigo es y no pedirle peras al olmo. Hay el amigo que es para divertirse, el que llora con nosotros las penas, el amigo con el que filosofar, con el que jugamos una pachanga de fútbol o el amigo con el que podemos irnos de vacaciones. No pretendamos unificarlos a todos en la misma persona o la decepción será máxima.

Saber qué tipo de amigo somos nosotros. Cuánto mejor nos conozcamos y más coherente seamos con nosotros mismos, mejor sabremos qué tipo de amigo somos y no crearemos falsas expectativas en los demás.

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Montse Armero. Psicóloga General Sanitaria. Colegiada 11986 del COPC.

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