¿POR QUÉ QUEREMOS TANTO A NUESTRAS MASCOTAS?

La mayoría de personas nos consideramos, en menor o mayor medida, amantes de los animales. Empatizamos con una leona que da la vida por salvar a sus pequeños, nos duele ver sufrir a un animal o morimos de amor cuando vemos cachorros recién nacidos.

Cada individuo establece con el resto de animales una relación particular en la que se siente más cómodo y más coherente consigo mismo: unos deciden dejar de comerlos o vestir sus pieles, otros dejan de contribuir a la explotación animal, hay quien monta un santuario para cuidarlos, a otros simplemente les son indiferentes esos temas y son muchos los que escogen compartir sus vidas con uno de ellos y convertirlo en su mascota. De hecho en España vive al menos un animal en casi la mitad de los hogares.

Y es que es evidente que el vínculo con los animales domésticos ha evolucionado en la últimas generaciones. Antiguamente los animales convivían con el ser humano por su funcionalidad, protegiendo a sus amos de los intrusos, ahuyentando o cazando a otros animales, siendo un medio de transporte o usados  como animales de carga. En cambio hoy en día los animales son mucho más respetados que antaño −aunque todavía quede un largo camino−, adorados e incluso algunos son idolatrados.

¿Cómo hemos pasado en tan pocas décadas a considerarlos un miembro más de la familia?

La respuesta a nivel social apunta a los diversos cambios en nuestra sociedad: reducción del número de hijos por familia o familias sin hijos, aumento de personas que viven solas, mayor sensación de aislamiento que en épocas anteriores, un mayor grado de empatía y de sensibilidad por los animales, más concienciación social y legal hacia sus derechos, etc. Por supuesto no es aplicable a todas las sociedades porque cada una tiene sus matices, pero sí a la mayoría de las occidentales.

La respuesta a nivel personal y emocional es que se hacen querer: nos dan amor a cambio de nada, nos hacen compañía cuando estamos solos o cuando nos sentimos solos, nos hacen reír como nadie con sus juegos y sus trastadas, nos desestresan cuando estamos nerviosos, nos demuestran su alegría cuando volvemos a casa, conectan con nosotros de forma única y reclaman nuestra atención porque ellos también nos quieren, a su manera, sí, pero nos quieren.

Solo hace falta ver ejemplos tan extraordinarios como el caso de la película Siempre a tu lado, Hachiko, u otros perros que no se separan del hospital o la tumba de sus amos para entender que no es solo una cuestión de que nos necesiten para sobrevivir físicamente, sino que nos aman y que somos lo más importante para ellos.

Análisis del vínculo entre personas y mascotas

Un análisis científico realizado por la Fundación Affinity analizó el vínculo entre personas y animales, y entre los resultados se observó que 8 de cada 10 individuos abrazaba y besaba a su perro cada día, reconocía que su perro estaba ahí cuando necesitaban consuelo y que su perro era un motivo para levantarse cada mañana. Además, 9 de cada 10 entrevistados aseguraba que si todos le abandonasen, su perro permanecería a su lado.

Las cifras entre los niños no fueron muy diferentes: 8 de cada 10 niños prefería estar con su perro o su gato antes que jugar a videojuegos. El estudio también aseguraba que en caso de tener problemas, los niños buscaban el consuelo en sus padres y en su mascota por igual.

La enfermedad y el duelo

Si hay un momento en que somos más conscientes, si cabe, de lo que llegamos a querer a nuestras mascotas, es cuando estas enferman o se hacen mayores e intuimos que el final de sus vidas se acerca. El tiempo entra en modo de descuento y apreciamos aún más los momentos con ellos porque no sabemos cuánto tiempo podremos disfrutarlos.

Prepararse para la muerte de una mascota no es fácil, no deja de ser un duelo. A lo largo de la vida pasamos por diferentes tipos de duelo, y no todos están relacionados con la muerte, pero sí con un final: dejar el país o ciudad de origen, cambiar de trabajo, acabar con una relación de amistad o separarse, son situaciones en las que una parte de nosotros queda atrás, en las que todo lo bueno que hubo en esa vivencia ya no volverá, y necesitamos tiempo para asimilarlo e integrarlo de forma adecuada en nuestra experiencia vital.

Lo mismo ocurre con la muerte de una mascota. Debemos prepararnos para el final de sus días, para el momento de la eutanasia, en caso de que sea necesaria, y para el vacío posterior a la muerte del animal.

En caso de que haya niños en casa, hay que estar especialmente pendientes de ellos porque suelen tener una relación muy especial con sus mascotas y, aunque no siempre lo expresen, pueden estar preocupados, tristes, o más irritables de lo normal porque intuyen lo que va a ocurrir. Es importante decirles la verdad, siempre de forma adecuada a su edad, y no engañarles. La muerte de una mascota es algo que deben afrontar y superar, ya que además les preparará para futuros duelos.

Amor incondicional

Recordar de forma positiva todo lo vivido con nuestra mascota nos ayudará a superar el duelo y será una forma de llevarla siempre con nosotros. Al principio será más doloroso, pero poco a poco integraremos su ausencia. Pasaremos de la tristeza al agradecimiento por haber compartido tantos momentos especiales  y por todo el amor que nos dio en vida.

Y es que cuando uno experimenta lo que llegan a darnos y cómo nos hacen sentir, entiende que el amor incondicional no es un sentimiento exclusivo hacia las personas. Es la sensación de quererlos pase lo que pase, de que estaremos ahí hasta el final y de que la vida vale la pena ser vivida, además de por muchas otras cosas, por el sentimiento de amor profundo que generan en nosotros.

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5 comentarios

  1. Fa poquet va morir la Titona així que estic totalment d’acord amb tu! Amor incondicional… La trobo molt a faltar. Tot i això, no hem dubtat en adoptar una altra peludeta. Petonets Montse!

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