La empatía es la capacidad que tenemos las personas para ponernos en el lugar del otro. Es una cualidad fundamental para relacionarnos adecuadamente con los demás, ya que nos acerca a las personas, nos permite entender cómo se sienten y responder de forma adecuada a sus emociones.

Además nos posibilita mostrar nuestra sensibilidad hacia alguien que esté pasando por un mal momento y reconocer su dolor, darle nuestro apoyo y comprensión. Ese hecho generalmente hará que la otra persona se sienta más próxima a nosotros, por lo que reforzará nuestro vínculo y lo hará más profundo.

Si por ejemplo, a un amigo le ha dejado su pareja, está bien que quedemos con él y hagamos actividades para que se distraiga y no piense demasiado, pero también es importante que podamos escucharle activamente y mostrarle que entendemos su aflicción. Eso le hará sentirse reconfortado y apreciado en un momento especialmente vulnerable para él.

En cambio, minimizar lo que le ocurre poco después de la ruptura o no prestar atención a su malestar, no es adecuado, porque lo habitual es que se sienta mal. Otra cosa sería que llevase así mucho tiempo; entonces sí tendría sentido que le ayudásemos a relativizar más las cosas y a tomar perspectiva de sus preocupaciones.

El exceso de empatía

La empatía es una habilidad generalmente muy positiva, pero como casi todo, debe darse en su justa medida, de lo contrario puede llegar a ser un problema.

Por ejemplo, hay personas que son empáticas en demasía. Lo que aparentemente puede parecer positivo, puede no serlo tanto. Veamos algunas de sus características:

-Suelen ser introvertidas y se agotan pasando mucho tiempo con otros individuos, ya que absorben más su energía y necesitan más tiempo de soledad que la media para “recargar las pilas”.

-Son bastante más sensibles que su entorno y tienen “la piel más fina”, de ahí que puedan sentirse heridas muy fácilmente.

-Son muy susceptibles al estrés y necesitan reponerse en ambientes tranquilos. El contacto con la naturaleza les beneficia especialmente.

-Sienten tanto las emociones de los demás que les cuesta desprenderse de los sentimientos que le ha generado la otra persona.

-Son especialmente vulnerables a los “vampiros emocionales”, personas que siempre se están quejando y que descargan todo su malestar en los demás.

-Además suelen ser excesivamente sensibles a los problemas de su entorno, por lo que ver o escuchar las noticias puede causarles un gran malestar.

Si nos sentimos identificados con estas características, es importante que aprendamos a relativizar las situaciones. La empatía es necesaria para relacionarse de forma más profunda con los demás, pero en exceso resulta perjudicial.

La falta de empatía

Por el contrario, las personas que no son capaces de sentir empatía, puede ser que tengan algún rasgo psicopático. Son personas más frías, manipuladoras, además de tener menos remordimientos o sentimientos de culpa que otras personas en las mismas circunstancias.

Un uno por ciento de la población tiene esos rasgos de personalidad, y según estudios, parece que el componente biológico tiene un peso importante, aunque no es determinante al cien por cien. Una persona puede tener de base una predisposición genética a un trastorno mental, en este caso la psicopatía, pero se desarrollará o se agravará si se dan las circunstancias adversas necesarias para activar todo el componente biológico.

Por esa razón, la mayoría de personas con ese tipo de rasgos podrán tener más dificultades para relacionarse de forma profunda con los demás, e incluso algunos podrán tener conductas más antisociales, pero si sus circunstancias psicológicas y sociales les acompañan, no desarrollarán una psicopatía en un grado patológico. 

Cómo mejorar nuestra empatía

La mayoría de personas nos situaremos en una zona intermedia entre los dos extremos, pero igualmente todos podemos mejorar nuestra empatía y acercarnos más a los demás desarrollando las habilidades adecuadas. Algunos ejemplos de cómo hacerlo son los siguientes:

-Tener presente la visión del mundo del otro. Cada persona tiene un mapa del mundo particular, y es imprescindible tenerlo en cuenta para poder entenderle y ser más empático. Puede que esa persona haya crecido en un ambiente muy diferente al nuestro y eso haga que sus principios y valores disten de los nuestros. Respetar y aceptar la diferencia nos engrandece como personas.

-Ponernos en sus zapatos. Si realmente queremos llegar a ser una persona empática, tenemos que ser capaces de entender a cualquier persona, compartamos o no su forma de pensar. Podemos estar 100% en desacuerdo con su forma de pensar, pero poder entender por qué piensa y actúa así sin juzgarlo.

-Preguntar con delicadeza. Especialmente en casos en que la otra persona nos esté explicando algo íntimo, debemos mostrar sensibilidad y pensar si la pregunta es oportuna antes de realizarla.

-Mostrarnos cercanos. Una actitud afable y cálida facilitará que la otra persona se sienta más acompañada en su explicación y la hará sentirse más relajada.

-Expresar nuestros propios sentimientos. Cuando las personas nos explican cómo se sienten, la mayoría agradecen que nos comuniquemos en su mismo “idioma” y que nosotros también podamos hablar de nuestras emociones con facilidad.

-Ser pacientes. A veces las personas necesitan tiempo para expresar cómo están, no debemos presionarlas más de lo necesario. Cuando quieran explicarnos algo, ya lo harán. Respetemos sus tiempos.

-Aprender a interpretar los silencios. A menudo los silencios dicen más que las palabras. Si ponemos toda nuestra atención en el discurso del otro, nos será más fácil interpretar los momentos de la conversación en que no hable.

-Analizar su conducta no verbal. Nuestro discurso va mucho más allá de las palabras que decimos: el tono, la gesticulación, la postura o las miradas dicen muchísimo más que las palabras en sí. Si queremos ser una persona empática, deberemos aprender a descifrar qué nos está contando nuestro interlocutor a través del código no verbal para así entender el mensaje global y no solo el oral.

-Mimetizarnos. No se trata de imitar al otro como un si fuéramos un espejo, sino de adoptar posturas parecidas, un tono de voz similar o terminología común. De hecho es algo que las personas cercanas hacen sin darse cuenta todo el tiempo, por lo que no nos será nada difícil hacerlo si tenemos buena conexión con la otra persona.

-Renunciar a la negatividad. Cuando la otra persona nos esté hablando de sus proyectos e ilusiones, no seamos negativos. No es cuestión de ser hipócritas, pero si tenemos que dar nuestra opinión a alguien porque nos la pide, procuremos que sea para dar ánimos y confianza a la persona que nos la está pidiendo. Y si no, pongámonos en su lugar: ¿cómo nos sentiríamos si le explicásemos a alguien nuestro nuevo proyecto y en un ataque de sinceridad esa persona nos dijese todo lo malo que nos puede pasar? Pues seguramente no nos gustaría. Así que realismo, sí, pero también altas dosis de apoyo en todo lo bueno que tiene la otra persona para que podamos ayudarla a potenciar sus mejores rasgos.

Si ponemos en práctica todas estas aptitudes, nuestras habilidades sociales mejorarán con el tiempo y responderemos de forma más adecuada a nivel emocional cada vez que interactuemos con otras personas.

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Montse Armero. Psicóloga General Sanitaria. Colegiada 11986 del COPC.

 

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