Perdonar es uno de los actos más grandes que las personas podemos realizar y, a la vez, uno de los más difíciles. No perdonar un malentendido o un conflicto nos acaba perjudicando tarde o temprano, por lo que en algún momento todos deberíamos aprender a lidiar con algunas de las emociones más negativas que podamos llegar a sentir hacia otras personas.

La importancia de aprender a perdonar desde la infancia

Desde la niñez, la sociedad nos inculca el valor del indulto y de la importancia de perdonarnos los unos a los otros en cualquier conflicto con nuestros compañeros, amigos o hermanos. Habitualmente un adulto mediador escucha a las personas implicadas, emite un juicio con el que podemos estar de acuerdo o no, y parte de la sentencia es que pidamos disculpas y perdonemos a quien nos haya molestado o hecho daño.

Pero en la mayoría de esas situaciones no aprendemos a aplicar un perdón real, sino que exculpamos a la otra persona de manera forzada para acabar con el conflicto lo más rápido posible. De esa forma evitamos represalias mayores de los adultos que gestionan el enfrentamiento. 

De ahí que en tantas ocasiones la hostilidad entre los mismos niños y adolescentes se manifieste reiteradamente en el tiempo. No ha habido un trabajo consciente de perdón y, por lo tanto, el conflicto no está solucionado. No olvidemos que sentimientos negativos como el resentimiento o el odio también pueden sentirse en la infancia, quizá incluso con más intensidad que cuando somos adultos porque no sabemos cómo gestionarlos.

Por ello, sería aconsejable aprender a dirigir y controlar nuestras emociones de manera profunda precisamente cuando somos niños, ya que de ese modo lo incorporaríamos de forma natural a nuestro día a día y nos resultaría mucho más fácil de aplicar a lo largo de la vida.

Afortunadamente, la educación emocional está enseñándose cada vez más en las escuelas e institutos y es algo que continuará en expansión, pero la sociedad necesita que también llegue a los hogares si queremos construir un mundo más consciente y evolucionado a todos los niveles. Y es que precisamente perdonar tiene mucho que ver con aprender a ser consciente.

¿Qué nos ocurre cuando sentimos rencor?

La mayoría de nosotros no hemos aprendido en profundidad cómo combatir emociones tan intensas como el odio, la rabia, el rencor y el malestar sin fin que nos genera no perdonar. Tampoco sabemos cómo deshacernos de ellas.

El rencor que sentimos hacia una persona que no perdonamos alivia el malestar a corto plazo, pero lo empeora con el tiempo. Es un gasto de energía muy valiosa que podríamos estar empleando en algo mucho más productivo, y en cambio, decidimos atarnos al pasado y quedarnos allí sufriendo, esperando que cada momento en  el que nos sintamos mal, el otro también se sienta así. Es como si nos tomáramos una dosis de veneno cada vez que pensaramos en nuestro odio y quisiéramos que el tóxico le afectase a la otra persona en lugar de a nosotros. Absurdo, ¿verdad? El veneno nos afecta solamente a nosotros y, cuanta más cantidad tomemos, más malestar sentimos y más perjudica a nuestro rendimiento físico e intelectual.

Las personas que no perdonan, por el motivo que sea, viven en constante sufrimiento. No perdonar siempre resta y nunca nos dejará estar en paz ni ser la mejor versión de nosotros mismos. De hecho algunas investigaciones sobre el resentimiento señalan que mantenido en el tiempo puede perjudicarnos gravemente aumentando el riesgo de depresión, de presión arterial alta y de infarto, además de debilitar nuestro sistema inmunológico.

¿Es posible perdonarlo todo?

Es cierto que hay situaciones que son difícilmente perdonables: si alguien nos maltrata, nos humilla o nos traiciona, o pongámonos en situaciones aún más graves, puede resultar muy complicado perdonar.

Pero la cuestión no es si moralmente es perdonable o no, sino si merecemos seguir sufriendo por ello el resto de nuestra vida. Porque podemos tener razón, pero si eso se convierte en veneno para nuestras emociones, por mucha razón que tengamos no valdrá la pena soportar todo lo que estamos padeciendo. La pregunta clave que podemos plantearnos es: ¿queremos tener razón o ser felices? Porque en este caso una excluye a la otra. 

Así que si perdonamos a la persona que nos hizo daño, no es porque esa persona se lo merezca, sino porque nosotros nos merecemos poder avanzar y dejar atrás el pasado, sanar de una vez, pasar página, situarnos en el presente y construir un nuevo futuro. Abrimos las puertas a volver a ser felices.

Perdonar tiene muy poco que ver con la persona que nos hizo daño y mucho con lo que nos decimos a nosotros mismos. Es un acto de una gran inteligencia emocional que nos permite liberarnos, un regalo que nos hacemos para poder seguir adelante.

En caso de que el error lo hayamos cometido nosotros y tengamos que perdonarnos a nosotros mismos, todas estas consideraciones tendremos que aplicarlas en dosis extras. Perdonarse a uno mismo es aún más difícil porque se generan sentimientos de culpa cuando hemos hecho algo mal, pero hay que tener presente que sin perdón no hay sanación, por lo que tendremos que dedicar todos nuestros esfuerzos a resolver la situación.

Incorporar el perdón a nuestro día a día

Dado que no es una actividad sencilla, podemos empezar perdonando en nuestro día a día circunstancias incómodas que en otro momento nos hubiesen molestado durante más tiempo. Una broma que no tiene gracia, una acusación de algo que no hayamos hecho o una crítica malintencionada, situaciones que en antes nos hubiesen disgustado y que harían que sintiéramos malestar con la otra persona, podemos intentar llevarlas al terreno del perdón. Empezar por situaciones más fáciles nos dará fuerza para batallar con las más difíciles.

Perdonar no significa aceptar que los demás nos hagan lo que quieran y ya está, que eso no tenga ninguna consecuencia. Es totalmente compatible con tomar medidas para protegernos y que no nos vuelva a pasar más. Es más, es algo que todos deberíamos hacer. Debemos ser precavidos y realizar las gestiones adecuadas para defendernos: apartarnos de personas tóxicas que nos hagan daño, denunciar lo ocurrido en caso de que haya alguna falta o delito, o pedir ayuda a las personas pertinentes para que eso no vuelva a ocurrir.

Perdonar consiste en qué hacer cuando el acontecimiento ya ha ocurrido. Cómo nos reponemos y cómo sanamos la herida que nos ha creado esa persona o conjunto de personas. Cuanto más acostumbrado estemos a perdonar y a aceptar que los demás también se equivocan, más fácil nos resultará perdonar situaciones más complicadas en caso de que lleguen a ocurrir algún día. 

¿Qué cualidades nos ayudan a perdonar?

Perdonar requiere mucha humildad, ya que es necesario dejar de escuchar a nuestro ego con todas las razones que nos da para continuar sintiendo odio.

También precisa de mucha paciencia, puesto que por mucho que uno se proponga perdonar algo grave, una cosa es la teoría y otra la práctica. Perdonar algo que nos ha hecho mucho daño lleva tiempo, de lo contrario no es un perdón honesto y real.

Además, es necesario sentir compasión hacia la persona que nos hizo daño si queremos perdonar en profundidad. Quizá no nos lo parezca, pero la mayoría de personas no nos hieren conscientemente. Hacen las cosas tan bien como saben y pueden en un momento concreto, con un nivel de consciencia determinado. No saben hacerlo mejor y fallan, son humanas. No es que sean malvadas, son inconscientes. A casi nadie que sea maduro emocionalmente le gusta hacer daño a propósito. El mismo fenómeno hater que se da actualmente en redes sociales está basado y rodeado de una profunda inconsciencia. Cuando esas personas evolucionen en su camino de crecimiento personal, se darán cuenta de su actitud irreflexiva y completamente ignorante.

 

Y por encima de todo, perdonar requiere de mucho amor hacia nosotros mismos, amor extra para curar las heridas, para entender que hemos lidiado con el problema hasta ahora tan bien como hemos sabido. No es que quisiéramos sufrir, es que no sabíamos cómo dejar de hacerlo.  

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Montse Armero. Psicóloga General Sanitaria. Colegiada 11986 del COPC.

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