EL COMPONENTE EMOCIONAL DEL DOLOR

A mediados de los años 60, Ronald Melzack y Patrick Wall propusieron la teoría de la regulación del umbral (The Gate Control Theory) para explicar los mecanismos del dolor. Fue un gran avance científico de la época, ya que se reconoció por primera vez la entidad del dolor como tal y obligó a las ciencias médicas y biológicas a concebir el cerebro como un sistema activo que filtraba, seleccionaba y modulaba los estímulos.

Pero no fue hasta el año 1999 cuando el propio Melzack, junto a John Loeser, propuso una nueva evolución de su teoría: la neuromatriz del dolor (The Neuromatrix of Pain),  tras reconocer las limitaciones de su proyecto anterior. Con esta nueva propuesta podía dar respuesta a cuestiones como por qué es posible que alguien sienta dolor en un miembro amputado, o cómo el entorno, el contexto, el nivel de estrés, el conocimiento de la lesión o de los mecanismos del dolor, podían modular el umbral de dolor de forma significativa.

Esta teoría supuso un cambio de paradigma, ya que no solo pudo dar explicación a aspectos más emocionales del dolor, sino que además cambió la relevancia de la señal de dolor que tan importante había sido hasta entonces (la que iba desde los órganos sensoriales hasta el cerebro). Esta pasó a considerarse una señal eléctrica que activaba determinadas áreas del sistema nervioso central, y eran estas estructuras las que interpretaban el nivel de peligro y su importancia. Es decir, que el dolor realmente ocurría a nivel central y no en la periferia, aunque obviamente continuase notándose en los órganos o tejidos.

La neuromatriz del dolor

La neuromatriz del dolor se refiere a las estructuras de nuestro sistema nervioso central que participan en la interpretación y producción del dolor. Destacan tres áreas:

  1. Componente sensórico discriminativo. Gracias a este factor identificamos de dónde proviene el dolor, así como la intensidad y la importancia del estímulo. El tálamo es la estructura principal que participa en esta acción.
  2. Componente cognitivo-evaluativo. Implica nuestra experiencia previa relacionada con el dolor. Se realiza a través de la corteza prefrontal-parietal.
  3. Componente afectivo-motivacional. Explica la emoción con la que vivimos una situación de dolor. Hay una gran cantidad de estructuras del sistema nervioso central implicadas en esta área. La amígdala y la corteza cingulada son dos de las más representativas.

Esta nueva teoría, donde el componente emocional es tan importante, explica por qué ante una misma situación dos personas pueden sentir dolor pero su percepción y padecimiento pueden diferir enormemente.

Pongamos por ejemplo la amputación de un dedo. En una tribu cazadora-recolectora en la que mutilar parte de un dedo implique pasar a ser adulto, el adolescente vivirá la experiencia con dolor, sí, pero su nivel de tolerancia a este será mucho mayor por la connotación positiva que implica. Además, probablemente sentirá una gran satisfacción y orgullo, por lo que su nivel de sufrimiento será menor si lo comparamos con alguien de su edad en un contexto occidental, en el que posiblemente la angustia y el desconsuelo tendrán una mayor presencia.

Los diferentes tipos de dolor

Existen diferentes tipos de dolor. Los más habituales son:

  • Dolor inflamatorio. Es aquel causado por un esguince o un traumatismo, por ejemplo. El dolor es de aparición brusca, localizado, mejora con el reposo y habitualmente responde a los antiinflamatorios.
  • Dolor hipóxico. Es un dolor de aparición progresiva, de tipo difuso, con frecuencia cursa dolor nocturno y mejora con el movimiento, aunque un exceso de movilidad empeora la sintomatología. Los masajes alivian los síntomas solo a corto plazo y los antiinflamatiorios tampoco disminuyen las molestias. En muchas ocasiones está relacionado con trastornos en vísceras que no funcionan adecuadamente y con las que comparte estructuras a nivel medular.
  • Dolor neuropático. Es un tipo de dolor causado por algunos trastornos metabólicos (deficiencia de vitamina B12, DHA o minerales), tiroideos, tóxicos o víricos como el herpes zóster.
  • Síndrome de sensibilización central. El sistema nervioso central se encuentra en un estado de alerta y no permite la mejora o curación de los síntomas. Está asociado a un fuerte nivel de sufrimiento, preocupación y malestar por parte del paciente.

El síndrome de sensibilización central

Tanto si se da una acción dolorosa de alto estrés (por ejemplo una amputación), como si se trata de un dolor menos estresante pero mantenido en el tiempo porque no se resuelve, nuestro organismo generará cambios estructurales a nivel neurológico.

Una ruta neurológica que pasa mucho tiempo activada, genera en nuestro cerebro un estado de alerta que no permite la mejora de los síntomas. Esa activación acaba por sensibilizar las fibras nerviosas implicadas y puede desembocar en un síntoma de sensibilización central en el que se cronifique el dolor y malestar, incluso si se resuelve la disfunción y haya mejoras en el tejido o en los órganos.

Por ese motivo podemos encontrar personas que manifiesten sentir dolor o malestar aunque su dolencia ya esté resuelta: una rodilla que ha dolido durante años puede seguir molestando aunque no haya daño tisular; un golpe fuerte en la cabeza puede continuar generando cefaleas aunque haga meses de la contusión o un dolor lumbar puede volver a aparecer cuando realizamos el mismo movimiento que lo originó aunque el tejido esté en óptimas condiciones.

Lo mismo puede suceder con otros trastornos como la fatiga, calambres, zumbido en los oídos, urticaria, sensibilidad a los ruidos, a fármacos o a productos químicos. Aparentemente no hay ningún daño a nivel orgánico, pero no se tiene en cuenta que la ruta neurológica está alterada por una hiperexcitabilidad de las neuronas, que puede haber una alteración a nivel inmunológico en algunos de esos trastornos y que incluso el sistema endocrino puede verse afectado.

El aspecto emocional en el síndrome de sensibilidad central

Las personas que padecen este tipo de dolencias pueden llegar a ser tratadas de exageradas, de víctimas, de que su malestar o dolor no es real o de que solo está en su cabeza. El desconocimiento del entorno de lo que realmente sucede a nivel fisiológico, no hace más que aumentar la sensación de soledad y el sentimiento de culpa en la persona afectada.

Y es que el padecimiento emocional causado por el dolor puede llegar a ser muy importante: las limitaciones que implica la molestia en sí; el miedo a qué pasará y a si habrá mejora o no de los síntomas; la angustia, la pena o el calvario que podamos sentir y el sentimiento de incomprensión por parte de los demás, pueden generar todos juntos aún más estrés, más nivel de alerta en el sistema nervioso central y menos capacidad para resolver el dolor o malestar que estamos padeciendo.

En el caso de que conozcamos a alguien o seamos nosotros mismos los que sospechemos de sufrir un síndrome de sensibilización central, es imprescindible que dejemos de estar en el estado de alerta que mantiene los síntomas. Para ello deberemos proveernos de información actualizada relacionada con los mecanismos del dolor o contactar con profesionales de la salud que puedan facilitárnosla y ayudarnos a ponerla en práctica. También nos será de gran ayuda compartir esa información con nuestro entorno para que puedan empatizar más con nuestro malestar.

Hay numerosos estudios que corroboran que los pacientes pueden reducir su nivel de sufrimiento por el hecho de tener un conocimiento del dolor a nivel del sistema nervioso central. Esa información les permite focalizarse en combatir el estado de alerta y sustituirlo por un estado de calma a nivel central que hará que las estructuras cerebrales relacionadas con la percepción del dolor se calmen y produzcan menos malestar.

Cuando el paciente adopte un papel proactivo ante su dolencia, tome conciencia de que hay un rango de mejora y realice todos los cambios pertinentes que le proponga el especialista, podrá disminuir el malestar que le ocasionan sus síntomas o incluso eliminarlos en función de qué trastorno se trate.

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Montse Armero. Psicóloga General Sanitaria. Colegiada 11986 del COPC.

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