El estrés es uno de nuestros enemigos públicos número uno. Según algunos estudios, un 80% de la población occidental sufre estrés, aunque otras investigaciones son más moderadas en sus cifras y los resultados rondan entre el 40 y 60%. Una auténtica barbaridad se mire por donde se mire. 

Tal y como describe el autor Bernardo Stamateas en su libro Emociones Tóxicas, “Vivir un momento estresante no es lo mismo que vivir estresado. Lo primero es normal, inesperado y generado por el ambiente, mientras que lo segundo, vivir estresado, es tóxico, buscado y generado por nosotros mismos porque se ha convertido en un hábito y no sabemos vivir de otra manera.”

Evolutivamente estamos adaptados a tener momentos puntuales de estrés porque ha facilitado nuestra supervivencia como especie. Si por ejemplo un león nos atacaba, nuestro cuerpo reaccionaba de tal modo que ponía todos los recursos a nuestra disposición para responder de la forma más rápida y efectiva posible; por tanto, el estrés nos ha ayudado a llegar hasta nuestros días. Lo que sucede es que situaciones de estrés reales se dan relativamente pocas en la vida, así que hay un desajuste muy importante entre nuestra genética y nuestro día a día.

 Cómo nos perjudica el estrés crónico

 El estrés mantenido en el día a día se convierte en crónico y a nivel de salud se lleva cualquier debilidad que tengamos por delante: empeora la hipertensión, alergias, aumenta el dolor, genera ansiedad, insomnio, depresión o hipotiroidismo. El estrés crónico es perjudicial para todo, y especialmente para las enfermedades; demasiado a menudo las empeora.

Cuando pasamos una época de estrés, nos duele más la cabeza, tenemos peores digestiones, nos empeora la psoriasis, cogemos más resfriados y tantas otras dolencias se agravan. El cuerpo refleja de una manera u otra el desequilibrio por el que estamos pasando. Somos un todo y la mente influye en el cuerpo, aunque también sucede a la inversa. Si por ejemplo empezamos a practicar deporte, generaremos endorfinas y eso mejorará nuestro estado anímico, y si practicamos meditación de forma constante y reducimos nuestros pensamientos negativos, muy probablemente empezaremos a dormir más profundamente o digeriremos mejor.

El eje HPA (hipotálamo-pituitaria-glándula suprarrenal) tiene mucho que ver en ello. Cuando sufrimos estrés, se activa en nuestro cuerpo el sistema simpático, que nos prepara para la acción liberando adrenalina, noradrenalina y dopamina. Estas a su vez activan una cierta inflamación, que es la respuesta fisiológica de nuestro cuerpo al estrés. El eje HPA combate la inflamación produciendo cortisol, la hormona del estrés, y hasta aquí sería una reacción fisiológicamente perfecta: hay un estrés puntual que el cuerpo sabe combatir. 

El problema es que una vida sedentaria, comer alimentos ultraprocesados y vivir estresados, generan mucha inflamación de bajo grado, y si hay más inflamación en el cuerpo que cortisol para combatirla, tenemos una alta predisposición a padecer una gran cantidad de enfermedades.

Por todo ello, los especialistas sanitarios como médicos, nutricionistas o psicólogos recomiendan seguir un patrón de vida saludable practicando ejercicio, alimentándonos con comida real y gestionando el estrés, ya que de lo contrario tarde o temprano enfermaremos.

¿Qué actividades podemos realizar si queremos desestresarnos?

Hay muchas maneras de manejar el estrés, cada uno tiene que encontrar la suya. Lo importante es que no sea algo que hagamos puntualmente, sino que lo incorporemos a nuestra vida diaria como un hábito más. Y si puede ser combinando varios métodos, mejor, así no caeremos en la monotonía de hacer siempre la misma acción.

Una manera fantástica es realizando alguna actividad física o practicando algún deporte. El contacto con la naturaleza también nos ayuda a sentirnos mejor. Hay ejercicios de meditación que nos pueden ir bien, y muchos de ellos se realizan en movimiento: paseando, cultivando un jardín o incluso fregando los platos. Hay quien pinta mandalas mientras escucha música relajante de fondo, quien está con sus animales domésticos porque les da paz, otros cosen, leen, escriben, dibujan, bailan o cocinan para relajarse. Si les hace sentir mejor de lo que estaban, son un buen ejercicio sin duda. Hablar de nuestros problemas con alguien también es un buen apoyo en muchas ocasiones, y si no queremos explicarlos a nadie, al menos podemos escribirlos en el ordenador o en una libreta; ponerlos por escrito es una buena forma de coger distancia. Practicar nuestras aficiones seguro que también nos hace sentir bien, o mirar una buena película o serie que nos aleje de nuestros problemas por un rato.

Centrarnos en actividades que reconfortan puede atenuar el nivel de estrés; sin embargo en la mayoría de ocasiones no será suficiente y tendremos que realizar otros cambios más profundos.

¿Qué más podemos hacer si tenemos estrés?

No hay una fórmula mágica, al menos no una que nos sirva a todos. La clave para mejorar el estrés es hacer cambios trascendentes y duraderos en nuestro estilo y ritmo de vida, analizar y transformar aquello que nos esté perjudicando. Pero ello implica modificar ciertos aspectos a los que no siempre estamos dispuestos a renunciar.

Quizá nos gustaría reducir nuestra jornada laboral, pero deseamos seguir manteniendo nuestros ingresos económicos; el fin de semana estamos agotados y preferiríamos descansar, sin embargo no queremos limitar nuestra vida social; sabemos que el ejercicio físico nos beneficia, pero nunca encontramos el momento de vencer la pereza; conocemos los beneficios de la meditación, aunque siempre tenemos la excusa perfecta para no practicarla. Anhelamos las ganancias que nos aportarían los cambios a los que aspiramos, pero no siempre estamos preparados para pagar el precio que implica conseguirlas ni queremos abandonar las ventajas de la situación que persiste.

Y es que cambiar es molesto. Es así, y por eso tantas veces evitamos tomar decisiones importantes y nos mantenemos en una situación de “equilibrio desequilibrado”. Preferimos continuar viviendo un estilo de vida que a corto plazo nos compensa, pero que en la mayoría de casos nos perjudica a largo plazo. Deseamos los resultados, pero no vivir el proceso de transformación y toda la dificultad que ello implica.

Sin embargo, cuando hablamos de estrés en muchas ocasiones hay una voz interior que nos va repitiendo que tarde o temprano deberemos modificar las causas que lo están generando. Y si no lo hacemos de forma consciente, nuestro cuerpo se encargará de avisarnos: al inicio de forma sutil, más adelante de forma cada vez más llamativa o hasta que nos lo pida a gritos si seguimos haciendo caso omiso.

Así que muy posiblemente llegará un día en que acabaremos realizando los cambios que nos convienen, ya que no hacerlos nos resultará demasiado caro. Lo haremos porque nos sintamos más fuertes emocionalmente, porque nuestras circunstancias cambien o porque no nos quede más remedio si nuestra salud está en riesgo. Es cierto que quizá no podamos hacer grandes transformaciones de golpe, a veces incluso tardaremos años, pero la satisfacción de superarnos a nosotros mismos y tener una mejor calidad de vida compensará con creces todo el esfuerzo realizado.

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Montse Armero. Psicóloga General Sanitaria. Colegiada 11986 del COPC.

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