CÓMO APRENDER A RELATIVIZAR

En multitud de ocasiones hemos oído hablar de lo importante que es aprender a relativizar aquello que nos sucede. Un hecho que teóricamente puede parecer sencillo de realizar, pero que no siempre sabemos llevar a la práctica de forma adecuada.

En función de cómo sea nuestra forma de ser, nos costará más poner en perspectiva unos aspectos u otros. Por ejemplo, hay personas con las que resulta muy difícil trabajar porque nunca están satisfechas con las tareas que realizan; otras, en cambio, no reaccionan por mucho que se les llame la atención debido a que no analizan suficientemente el alcance de sus actos, y otras pueden hundirse en la miseria por el hecho de que algo sin importancia les salga mal.

Los autoexigentes

Querer hacer todo bien, y esforzarse en ejecutarlo de la mejor posible, es una característica muy positiva aparentemente. El problema es que, para las personas de este primer grupo, nada está suficientemente bien y su vivencia es claramente insatisfactoria.

Esa obsesión por el perfeccionismo hace que las personas autoexigentes no sepan gestionar de manera adecuada lo que les ocurre. Su intención es muy positiva, ya que quieren sacar lo mejor de ellas mismas, pero si hay sufrimiento detrás es que la forma en que lo realizan es inadecuada.

Imaginemos, por ejemplo, que un estudiante muy autoexigente no aprueba un examen. ¡Se le cae el mundo encima! Y realmente, ¿suspender es tan grave? Pues es evidente que no. Suspender un examen no es nada en la vida, no nos define como personas, ni determina nuestra capacidad de amar ni ser amados, ni nuestro cociente intelectual, ni nuestro talento creativo, ni nuestra proyección laboral… Nada. Simplemente nos da un resultado más o menos acorde al trabajo que hemos realizado para prepararlo. Pero ya está, no significa nada más. Es un indicador de nuestro modo de trabajar, no algo que tenga que determinar nuestra valía como personas o nuestra autoestima. Y lo mismo sucede cuando no ejecutamos todas las tareas laborales correctamente, dejamos de practicar actividad física durante una temporada o un nuevo proyecto no sale adelante tal y cómo esperábamos.

No somos perfectos ni necesitamos la perfección para ser felices. De hecho, debemos aprender a renunciar al éxito si realmente queremos triunfar. Solo si entendemos que no lo necesitamos, podremos trabajar para conseguirlo porque queremos, porque nos divierte, porque amamos el proceso, pero no porque nos lo exijamos a nosotros mismos. En la renuncia está la fortaleza.

Es más fácil de decir que de hacer, pero realmente solo deberíamos realizar actividades basadas en «el arte del disfrute». Hacerlas bien porque nos lo pasamos bien, disfrutamos y nos sentimos mejor haciéndolas. Cuando pensamos así, toda la presión que nos ponemos encima de los hombros diciéndonos «tengo que hacerlo bien o…» y añadámosle la justificación que queramos (haré el ridículo, me despedirán, suspenderé, nunca más me contratarán, etc.), se desvanece, y curiosamente  hacemos todo mucho mejor.

Así que si pecamos de autoexigencia, somos los primeros que tenemos que aprender que nada de lo que hagamos es tan importante como para que nos afecte a nivel físico o mental. En el fondo la vida es un juego, y cuanto menos nos juzguemos y nos sintamos juzgados por los demás, más la disfrutaremos.

Los «todo me da igual»

Si por el contrario, somos del otro extremo y no nos importa nada de lo que nos sucede, sea suspender un examen, que nos inscriban en una lista de morosos por no pagar o que nos llamen la atención en el trabajo, sí que deberíamos tomárnoslo como una señal de aviso.

Si decidimos ignorarla y seguir por la vía de no hacer lo que toca, seguirán sonando las alarmas, y a veces cuando queramos reaccionar ya será demasiado tarde. Entonces lo que sí que habrá son consecuencias. Como decía E. C. McKenkie, «Es fácil esquivar las responsabilidades, pero no podemos esquivar las consecuencias de esquivar las responsabilidades». 

En el fondo a todos nos gusta hacer las cosas bien y ver recompensado nuestro esfuerzo, por lo que si trabajamos nuestro nivel de consciencia y analizamos en profundidad la repercusión de nuestros actos, fácilmente nos daremos cuenta de que no podemos continuar por ese camino.

Los intensos

Hay personas que viven las situaciones de manera más intensa que los demás. Cuando se lo pasan bien, disfrutan más que nadie, incluso de forma que los otros no acaban de entender; en cambio, cuando están en horas bajas, parece que vivan una tragedia griega aunque lo que les ocurra no sea grave.

Eso puede ser debido a diversos motivos, como por ejemplo que la persona sea altamente sensible (conocidas como PAS), y que ya venga un poco así «de serie»; que sus circunstancias personales le hagan volverse más sensible a lo negativo y entonces le cueste más relativizar las situaciones más adversas; que haya algún tipo de desequilibrio bioquímico y haya que regularlo con medicación como puede ser por ejemplo en un trastorno bipolar, o que la persona no haya aprendido a relativizar de manera adecuada por falta de experiencias vividas.

El psicólogo Rafael Santandreu tiene una palabra para definir lo que les sucede a los intensos, y es que sufren de «Terribilitis». Como no saben relativizar, cualquier aspecto negativo lo viven como si fuera una desgracia. Se van al extremo del extremo y algo que para la mayoría puede generar un leve malestar, para ellos es la hecatombe.

Las personas intensas deben aprender a poner en perspectiva sus vivencias, de lo contrario su vida se convertirá en un tiovivo de emociones que las alejará demasiado de su centro.

De hecho, todos tenemos que aprender a relativizar la importancia de lo que nos ocurre, nos cueste más o menos. Vivir las situaciones en su justa medida nos equilibra y nos enseña a verlas desde otra óptica. Además, es imprescindible para vivir de forma estable y no sufrir en exceso.

Un buen ejercicio para ello es crear nuestra propia escala de importancia relativa. En un extremo situaremos cualquier situación que nos sea lo más neutra posible. Por ejemplo, que se caiga un lápiz al suelo o lavarse los dientes. En el otro extremo emplazaremos la mayor catástrofe que pudiésemos vivir, o podemos tirar de la experiencia y colocar lo peor que nos haya pasado nunca. Y entremedio emplazaremos algunos ejemplos que nos resulten fáciles de recordar en función de su gravedad.

Lo importante no es tanto que nos haya ocurrido a nosotros o a otras personas, sino que tengamos claro la importancia relativa de los sucesos y sepamos ponderarlos según su gravedad. Así, la próxima vez que vivamos una situación adversa, sabremos más fácilmente si estamos reaccionando de forma adecuada, y en caso de que no sea así, tendremos más recursos para redirigir nuestra reacción.

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Montse Armero. Psicóloga General Sanitaria. Colegiada 11986 del COPC.

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