En muchas ocasiones, la palabra adolescencia lleva de la mano una larga serie de connotaciones negativas. Por poner algunos ejemplos, podemos escuchar a adultos quejarse de que los adolescentes no se esfuerzan, no obeceden a la autoridad, no conocen el valor de las cosas, no se puede hablar con ellos, solo quieren salir y estar con los amigos, no aceptan responsabilidades o son unos inconscientes.

Pero todos sabemos que esa generalización no es justa ni representa a la mayoría de adolescentes, o por lo menos, no las 24 horas del día.

El cerebro adolescente

La adolescencia es una etapa que todos los adultos hemos vivido, pero que no siempre recordamos en detalle. De hecho, tendemos a olvidar cómo fuimos en aquella época de nuestra vida; sin embargo, es importante pensar que, cuando éramos jóvenes, ni disponíamos de los recursos ni de la experiencia acumulada que hoy tenemos como personas maduras. Tampoco solemos tener demasiado presente cómo nos sentíamos en momentos parecidos; es por ello que nos cuesta tanto entender su forma de proceder.

Un adolescente no deja de ser una persona en evolución que está aprendiendo a madurar. Su cerebro tiene que adaptarse a nuevas situaciones y circunstancias que hasta ahora no conocía, y eso muchas veces solo se consigue mediante ensayo y error.

De hecho, el cerebro adolescente está en pleno desarrollo y no es hasta los veinticinco años cuando más o menos se puede considerar que ha madurado. Es por ese motivo que los adolescentes no tienen asumido el concepto de riesgo o la capacidad de ponerse en el lugar del otro igual que un adulto. Son conscientes de lo que significa, claro que sí, pero si pensamos en una escala de colores, es como si no pudiesen diferenciar todas las tonalidades porque les falta ajustar su visión a los matices.

Por supuesto, eso no justifica en ningún caso ciertas actitudes o comportamientos: que no tengan una percepción adulta no les exime de conocer las normas y de saber lo que es socialmente adecuado y lo que no. Desde muy pequeños reciben una gran cantidad de información al respecto, por lo que la teoría la conocen a la perfección. Pero muy probablemente necesiten acumular experiencias y cometer algunos errores para poder entender todos los matices que tenemos desde una visión más madura.

Al final, ningún adolescente escapa del anhelo de la mayoría de seres humanos: ser felices. Simplemente, su forma de buscar la felicidad es diferente a la de un adulto, y tiene toda la lógica del mundo: en la mayoría de ocasiones, sus gustos y sus intereses están muy alejados de los de una persona que les duplica o triplica la edad.

La felicidad en la adolescencia

A menudo se habla de que los adolescentes no son felices, pero ese rasgo no se ajusta a la realidad de la mayoría, al menos en el estado español. El estudio sobre conductas de los escolares relacionadas con la salud (Health Behaviour in School-aged Children o HBSC), un estudio internacional auspiciado por la Organización Mundial de la Salud, lleva realizándose en España desde 1986 con el fin de conocer en profundidad los estilos de vida de los escolares y analizar su evolución, y los resultados apuntan hacia una satisfacción vital positiva.

El estudio comparativo de las ediciones de 2002, 2006, 2010 y 2014, sitúa la satisfacción familiar en una valoración entre 1 y 10 por encima de 8,3, y en el estudio HBSC 2018, la cifra asciende al 8,5.

En todas las ediciones desde 2002 la satisfacción con los iguales se sitúa por encima de 8,3; la percepción de apoyo de los compañeros es predominantemente alta y el apoyo del profesorado se sitúa mayoritariamente entre valores medios y altos.

El apartado que analiza el grado en que los adolescentes españoles se sienten satisfechos con su vida en general, los valores se sitúan por encima de 7 en las ediciones entre 2002 y 2014, y en un valor de 8 en el último estudio de 2018.

Por tanto, podemos concluir que la satisfacción general de los adolescentes en lo que llevamos de siglo es bastante positiva. Obviamente pasan por momentos complicados en que todo se les hace más cuesta arriba, pero la mayor parte del tiempo no es así. También es cierto que hay muchos adolescentes que viven situaciones disfuncionales y su calidad de vida no es buena, sin embargo a nivel de población general son un porcentaje reducido.

No hay una receta mágica para aprender a ser felices, pero un requisito posiblemente indispensable a esa edad, debería ser vivir el máximo de experiencias que les permitiesen asimilar tantos recursos como les fuese posible: para conocerse mejor a sí mismos, para establecer sus límites, para asentar unos valores, para relacionarse mejor con los demás o para perseguir sus sueños. En definitiva, para poder dirigir mejor sus vidas y convertirse en la mejor versión de ellos mismos.

Aprendiendo a vivir

Si te interesa el mundo adolescente y cómo ayudar a los más jóvenes a encontrar su camino, el libro Aprendiendo a vivir: Cómo ser un adolescente proactivo y feliz puede ser una buena opción para ti. Es un manual de crecimiento personal para adolescentes y jóvenes basado en la psicología cognitiva y en diferentes disciplinas como el mindfulness, el coaching o la psiconeuroinmunología, en el que se proporcionan numerosos recursos para que aprendan a:

 

 

  • adquirir la motivación en el ámbito académico
  • aprender a planificar
  • saber organizarse
  • cuidar de su salud de manera apropiada
  • establecer sus valores y definir sus prioridades
  • ser personas proactivas
  • tomar mejores decisiones
  • crear nuevos hábitos
  • gestionar sus emociones negativas
  • mejorar su asertividad y su empatía
  • relacionarse de forma adecuada con los demás

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Montse Armero. Psicóloga General Sanitaria. Colegiada 11986 del COPC.

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