A lo largo de la vida, conocemos a miles de personas: con algunas de ellas interactuamos apenas unos minutos, otras forman parte de una etapa vital, y una pequeña minoría nos acompaña una gran parte de nuestra existencia.

La memoria emocional

Si algo tienen en común esas personas inconexas entre sí en su gran mayoría, es que todas ellas provocan en nosotros algún tipo de emoción y nos hacen sentir de una determinada manera, ya sea actualmente o en el pasado. Podrán pasar los años y la mayoría no recordaremos el contenido exacto de las conversaciones más importantes que mantuvimos con ellas; sin embargo, muy probablemente nos acordemos de cómo nos sentimos en aquel momento o la sensación que nos provocaron sus palabras.

Ello es debido a la capacidad de las personas de fijar recuerdos a partir de las emociones, sean positivas o negativas. Es lo que llamamos memoria emocional, un concepto que postula que los eventos emocionalmente significativos se retienen mejor que los eventos neutros.

Así que el concepto global que tenemos de las personas está basado, en gran parte, en esa mezcla de emociones que nos despiertan. Una opinión totalmente reduccionista y subjetiva, ya que las personas son mucho más de los que nosotros pensamos o vemos, pero nuestro cerebro necesita simplificar y se queda con ese recuerdo. Y obviamente, esa sensación que tenemos de los demás es bidireccional: el resto de personas que nos conocen también se hacen una impresión de cómo somos nosotros, y esa percepción viene marcada de forma importante por nuestra forma de proceder y nuestra actitud.

La importancia de la actitud

Por ese motivo es tan importante nuestra actitud vital. Nuestra forma de ser no solo nos afecta a nosotros, sino que influye en el resto de personas de nuestro alrededor, a veces mucho más de lo que pensamos.

Una buena actitud es como un imán que atrae todo lo positivo: gustamos más a los demás, la gente quiere pasar más tiempo con nosotros, estamos mejor valorados y nos hace sentir mejor con nosotros mismos.

Pero es que, además, nos beneficia en una gran cantidad de ámbitos: nos convierte en personas más amables, educadas y respetuosas, mejores compañeros, mejores amigos, mejores familiares y en definitiva, mejores personas.

¿Cuánto vales tú como persona?

El comunicador Víctor Küppers tiene una charla en YouTube titulada «¿Cuánto vales tú como persona?» en la que habla sobre la importancia de la actitud. En ella establece la siguiente fórmula sobre el éxito personal:

V = (C + H) x A

Dónde V es el valor de las personas, C son los conocimientos, H es la habilidad y la A la actitud. La C y la H suman, ya que saber y tener experiencia son un gran plus, pero lo verdaderamente determinante y lo que multiplica es la actitud. Las personas nos aprecian por nuestra forma de ser y por cómo las tratamos, no por lo que sabemos o nuestras destrezas.

¿Cómo mejorar nuestra actitud?

La mayoría de personas somos conscientes de que una buena actitud es importante para nosotros mismos y para vivir en sociedad. Sin embargo, una vez más el plano teórico resulta extremadamente sencillo comparado con llevarlo a la práctica, que es algo un poco más complicado: el día a día repleto de estímulos, prisas, estrés, quehaceres y problemas varios, no ayudan a tener una actitud zen las 24 horas del día y a veces somos impacientes, utilizamos un tono de voz inadecuado, dejamos de ser educados o directamente nos volvemos insoportables.

El aspecto positivo es que cada día podemos decidir qué actitud queremos tener y qué vamos a mejorar, por lo que seguir los siguientes pasos puede resultarnos de ayuda:

  • Empezar el día antes. Irnos a dormir más pronto y levantarnos antes nos va a ayudar a comenzar el día con menos estrés: realizar las rutinas sin prisa nos permite estar más presentes y ser más conscientes de lo que hacemos y decimos.
  • Dedicar unos minutos a la reflexión. Los primeros minutos de la mañana son un momento excelente para hacer una pequeña visualización sobre cómo queremos enfocar el día, practicar unos minutos de meditación o conectar con nuestras emociones para analizar de forma consciente cómo nos sentimos.
  • Pensar de forma positiva. Una actitud positiva pasa por crear y potenciar más pensamientos positivos. Cambiar nuestra forma de razonar no es sencillo, pero si dejamos atrás acciones que ponen el foco en lo negativo como son  juzgar a los demás, quejarse o criticar, nos resultará cada vez más fácil.
  • Practicar la aceptación. En muchas ocasiones sufrimos porque las cosas no son como queremos que sean, y eso conlleva una cascada de emociones negativas que también se trasladan hacia los otros. Poner en práctica la aceptación nos ayudará a sentirnos más en paz con nosotros mismos y por ende, mejor con los demás.
  • Nutrirse de influencias positivas. Conversar con personas que nos influyen positivamente, escuchar charlas de motivación, leer libros de crecimiento personal, ver una película o serie cuyos personajes nos inspiren son algunas de las prácticas que nos pueden ayudar a mejorar nuestra actitud.
  • Evitar personas tóxicas. En la medida de lo posible, pasar menos tiempo o directamente alejarnos de individuos que no nos hacen sentir bien es una de las mejores decisiones que podemos tomar para estar más tranquilos y no acabar pagándolo con quien no tiene culpa.
  • Ser agradecido. Dedicar unos minutos al día a valorar todo lo bueno que hay en nuestra vida es una forma muy eficaz de aprender a relativizar, a valorar todo mucho más y a darle importancia a lo que realmente la tiene.

Y es que en innumerables ocasiones nuestra actitud podría ser más adecuada. Es algo que nos ocurre a todos, seamos conscientes o no. La clave está en que, en lugar de ignorarlo, pensar que somos así o sentirnos mal estancándonos en pensamientos reiterativos que no conducen a nada, cada día podemos mejorar un poco nuestra conducta. Si tomamos consciencia, analizamos qué podríamos hacer mejor la próxima vez y mantenemos una actitud proactiva, tarde o temprano progresaremos en nuestra forma de actuar y los resultados serán cada vez más evidentes y satisfactorios.

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Montse Armero. Psicóloga General Sanitaria. Colegiada 11986 del COPC.

9 comentarios

  1. Súper bien tu texto. Coincido totalmente en que la actitud es realmente un parteaguas en el día a día aunque no queramos creerlo. Muy interesante tu blog. Saludos! 👏

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