¿PUEDE EL MINDFULNESS SER PERJUDICIAL?

Desde hace unos años la práctica del mindfulness se ha extendido mucho más allá de centros terapéuticos o de meditación: colegios, grandes empresas, escuelas de negocios, clubes deportivos u hospitales. Pocos sectores de la población quedan ajenos a su influencia.

Y es que centenares de estudios científicos avalan la eficacia de la práctica de la atención plena. Cada día son más las personas que conocen algún tipo de ejercicio de relajación, mindfulness o meditación y lo incorporan a sus ajetreadas vidas.

¿Qué es exactamente el mindfulness?

El mindfulness es un tipo de meditación que fue popularizada en Occidente en la década de los 70 por Jon Kabat-Zinn, un profesor de Medicina de la Universidad de Massachusetts. Su estrategia fue aplicarla a pacientes que sufrían estrés, ansiedad o dolor crónico. Los resultados obtenidos fueron tan positivos que desde entonces el fenómeno mindfulness no ha hecho más que expandirse por todo el planeta.

El mindfulness ha conectado con la población general más que otros tipos de meditación porque su práctica es de entrada más sencilla. Cuando alguien ajeno a este tipo de actividad se plantea meditar, es fácil que imagine que va a tener que estar durante mucho tiempo sentado en posición de loto durante un largo período de tiempo y dejando la mente «en blanco». De hecho es así en ocasiones, según qué tipo de meditaciones se realizan de esa forma, sobre todo cuando las personas ya acumulan una larga experiencia.

Esa idea puede alejar de entrada a muchas personas que nunca han meditado, simplemente no se ven capaces de permanecer sin moverse más de cinco minutos y mucho menos de dejar de pensar en todo lo que les viene a la mente. Sin embargo, el mindfulness ha permitido llevar la meditación a un terreno cercano y proponernos multitud de actividades diferentes que favorecen el estar en el aquí y ahora y conectar con nuestro ser más profundo: centrándonos en la respiración, en la comida que ingerimos, focalizando nuestra atención en el cantar de los pájaros, en los pasos que damos al caminar o en sentir el agua sobre nuestra piel cuando nos duchamos. En definitiva, el mindfulness es estar presente en cada actividad que hacemos sin dejarnos llevar por la madeja de pensamientos que enmarañan nuestra mente. Al igual que otros tipos de meditación, puede realizarse desde la relajación profunda en la que permanecemos inmóviles o desde el movimiento.

¿Es el mindfulness para todos?

Aunque los beneficios del mindfulness están fuera de duda, no es una actividad adecuada para todo el mundo.

En primer lugar, la idea de practicar mindfulness debe ser siempre voluntaria y nunca impuesta. Lo que para unos puede resultar agradable y relajante, para otros puede convertirse en una situación incómoda e incluso angustiante. Por ejemplo, hay personas que pueden sentir una sensación de ahogo si focalizan su atención en la respiración profunda, o hay quien puede sentir ansiedad por el hecho de permanecer inmóvil durante un espacio prolongado de tiempo. Así que siempre que practiquemos la atención plena, que sea porque nos apetece, y en caso de sentirnos mal o de experimentar sensaciones desagradablesinterrumpir la práctica y retomarla después solo si lo deseamos. Cualquier instructor formado adecuadamente entenderá la situación.

En segundo lugar, deberíamos iniciarnos en este tipo de prácticas de forma progresiva. Podemos leer sobre el tema, preguntar a personas que ya las realizan o acercarnos de forma liviana con alguna actividad que nos llame la atención. Es decir, lo contrario a irnos un fin de semana entero a realizar mindfulness o hacer un retiro espiritual de una semana en el que se practica de forma intensiva. Es en este tipo de prácticas donde las personas corren más riesgo de experimentar efectos adversos si no son meditadores habituales y se encuentran en una situación más vulnerable. Algunos de los síntomas que pueden aparecer son alucinaciones, descompensaciones psicóticas, depresión o episodios de angustia que deriven en despersonalización y desrealización.

También deberíamos tener en cuenta que si decidimos iniciar la práctica de la atención plena junto a un instructor, es importante que hablemos con la persona sobre nuestra experiencia previa en este tipo de actividades, así cómo que podamos preguntarle todas las dudas que nos vayan surgiendo a lo largo de las sesiones.

Por último, es importante recordar que, aunque los seres humanos nos parezcamos en muchos aspectos los unos a los otros, nunca pasamos por el mismo momento personal que los demás, por lo que lo que a uno le funciona no tiene porque irle bien a otro. Tampoco las comparaciones aquí sirven de nada. No es mejor la persona que medita una hora seguida que la que medita un minuto al día o el que centra su atención podando las plantas de su jardín. Cada uno está en su propio proceso de evolución personal y sentirse mejor con uno mismo no es una competición con los demás. La práctica de la relajación, la meditación o el mindfulness son herramientas muy útiles que pueden ayudarnos a sentirnos mejor y a aliviar nuestro estrés, pero si al realizarlas no nos sentimos bien, es mejor descartarlas por el momento y buscar otras estrategias que encajen mejor con nuestras características personales.

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Montse Armero. Psicóloga General Sanitaria. Colegiada 11986 del COPC.

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