En un época caracterizada por los grandes titulares, eslóganes y frases memorables, tendemos a caer en la definición sesgada del ser humano: somos lo que comemos, somos lo que pensamos, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. Es evidente que somos la suma de cada uno de esos aspectos y de tantos otros que definen nuestro presente, pero no podemos olvidar el conjunto de experiencias que nos han traído hasta aquí y que nuestro presente está altamente condicionado por nuestro pasado. Así que también somos el total de nuestras vivencias.

El pasado como fuente de aprendizaje

Una de las grandes ventajas de poder tener recuerdos, es que estos nos sirven para aprender. El ser humano no podría evolucionar sin ensayo-error-aprendizaje; gracias a ese proceso podemos continuar avanzando.

Por ejemplo, a nivel laboral es clave acumular experiencia para ser cada vez más competentes en una materia. Pese a ello, muchos sectores profesionales no valoran ese cúmulo de conocimiento y los perfiles más veteranos no son lo suficientemente apreciados en muchas entrevistas de trabajo.

A nivel personal es si cabe aún más importante saber de dónde venimos. Nuestra evolución no es una línea ascendente que sube de forma meteórica y no vuelve nunca más a su punto de partida. Las personas seguimos más bien un camino que avanza de modo irregular: a veces progresamos, otras nos estancamos y otras directamente retrocedemos y volvemos a la línea de salida. Es ahí dónde vuelven a aparecer todo el cúmulo de experiencias fallidas y que pueden encadenarnos a los fantasmas del pasado si nos quedamos estancados en esa etapa.

Cuando nos encontremos en una situación así, será clave no perder la perspectiva y analizar el conjunto de nuestras vivencias. Podemos haber fracasado, sí, pero no podemos olvidar todos los aspectos positivos que hay en nuestra vida, todo lo que hemos conseguido avanzar y todo lo que podemos llegar a alcanzar. Tener presentes todos nuestros éxitos pasados puede ayudarnos a vencer más fácilmente el bache.

El pasado como referencia emocional

En muchas ocasiones nuestros recuerdos permanecen aletargados en el inconsciente hasta que algo o alguien los despierta: un olor que nos recuerda a cuando éramos pequeños, un sabor que conecta con una emoción intensa que vivimos o una canción que nos evoca una época de nuestra vida, no son más que ejemplos que nos rememoran que estamos hechos de esos recuerdos.

Y es probable que en nuestro ajetreado día a día apenas los tengamos presentes, pero cuando irrumpen en nuestro momento actual, nos invaden con una fuerza extraordinaria debido a la conexión emocional con el recuerdo.

Un ejemplo claro es cuando volvemos a un pueblo, paraje o ciudad que ya hemos visitado anteriormente. En nuestra mente guardamos aspectos como la belleza del lugar o anécdotas que sucedieron, pero sobre todo recordamos las emociones que sentimos en aquel momento. Nos acordamos de lo que significa para nosotros ese lugar y le otorgamos un significado a nivel emocional.

Así, si por ejemplo hemos estado en Roma, cuando volvemos a la ciudad no solo volvemos a visitar sus calles adoquinadas o la magnificencia de sus edificios, sino que además nos conectamos a unas emociones determinadas y a la persona que fuimos cuando estuvimos allí la vez anterior, puede que muy diferente a la actual. Heráclito, hace más de 2.500 años, ya expresó algo similar: “Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.”

El pasado como motivo de nostalgia

Para muchas personas tener presente su pasado es una seña de identidad, y en parte es lógico dado que estamos hechos de recuerdos. Somos un cúmulo de vivencias y algunas pueden definirnos más que otras, pero no debemos olvidar la importancia de centrar nuestra vida en el presente y proyectarla hacia un futuro.

Hay quien vive más en una época pasada que en el presente. Son personas que en la mayoría de ocasiones sus conversaciones están basadas en hechos remotos y que viven en una constante nostalgia pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor. Recordar lo que vivimos es algo positivo y que todos hacemos, pero cuando ello nos impide estar centrados en el aquí y el ahora, quizá es momento de plantearnos por qué motivo continuamos tan arraigados a algo que ya pasó. Mientras pasamos las horas pensando en aquello nos estamos perdiendo un momento presente lleno de posibilidades.

Recuerdos en su justa medida

Es posible que alguna vez nos hayamos planteado cómo sería nuestra vida si pudiéramos recordar todo lo que hemos vivido. Es lo que les sucede a las personas con hipertimesia, un trastorno neurológico que sufren alrededor de unas 60 personas en el mundo. Estas personas recuerdan sin esfuerzo cualquier acontecimiento que hayan vivido al igual que si lo hubiesen grabado en sus cerebros. Pero lo que puede parecer una gran capacidad, se acaba convirtiendo en un exceso de estímulos que en muchas ocasiones les causan dolores de cabeza e insomnio, además de ansiedad y depresión. Por lo tanto, acaba siendo más un inconveniente que una ventaja.

El resto de personas que habitamos este planeta nos caracterizamos por olvidar la mayoría de hechos del pasado de forma natural. Nuestra mente optimiza los recursos disponibles y pronto deja de recordar lo que cenamos hace una semana o dónde estábamos hace justo un año. Realmente es una información que no necesitamos almacenar, y por ello la elimina. En cambio, los recuerdos en los que ha habido una emoción importante, sea positiva o negativa, es más fácil que queden fijados en la memoria a largo plazo.

Nuestros recuerdos son una fuente de inspiración y de aprendizaje, además de un lugar dónde volver siempre que queramos, pero no solo podemos vivir de lo que ya sucedió. Es importante vivir nuevas experiencias en el presente, además de porque nos enriquecen, también porque engrosaran nuestro cúmulo de vivencias y generan nuevos recuerdos.

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Montse Armero. Psicóloga General Sanitaria. Colegiada 11986 del COPC.

 

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