Según la RAE, la humildad es la virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y obrar en consecuencia. Socialmente es considerada una cualidad muy positiva en muchos ámbitos. Así, que un jugador profesional, nuestro jefe, un amigo o alguien que nos gusta sea humilde, despierta en muchos de nosotros admiración y una cercanía hacia esa persona. En cambio, la soberbia, que es el término opuesto, es una cualidad incómoda para la mayoría. A pocas personas nos gusta ver cómo alguien nos observa por encima del hombro o considera que somos inferiores.

Cómo aprender a ser más humilde

Las personas soberbias acostumbran a aparentar ser individuos muy seguros de sí mismos, en muchas situaciones mantienen actitudes arrogantes y egocéntricas, y además resultan pedantes. Dialogar con ellos puede ser complicado porque suelen considerarse en posesión de la verdad: su punto de vista es bastante inflexible y no dan su brazo a torcer fácilmente.

Visto así, es fácil entender que este tipo de individuos no despierten demasiadas simpatías, pero en la mayoría de ocasiones la realidad no suele ser tan dicotómica y todos podemos pecar de un exceso de ego en determinados momentos. Veamos algunos ejemplos cotidianos contemplados desde una visión más soberbia y desde otra más humilde.

Querer tener razón

Soberbia: Posiblemente todos nos hemos encontrado en una situación en la que hemos creído tener la razón y eso nos ha incomodado e incluso hemos llegado al enfrentamiento con alguien por ese motivo. Independientemente de que la tuviéramos o no, entrar en conflicto por querer ser quien está en posesión de la verdad es una situación vivida desde el ego y desde la inflexibilidad.

Humildad: Un buen ejercicio para las personas que quieren tener siempre la razón, es imaginar una línea continua y, en lugar de situarnos en uno de los extremos, intentar ser equidistantes hacia las dos posiciones encontradas, aunque sea por un breve período de tiempo. Cuando dos personas no nos entendemos, en la mayoría de ocasiones es porque ni siquiera escuchamos los argumentos de la parte contraria y solo pensamos en continuar argumentando ideas a nuestro favor. Intentar entender las explicaciones opuestas a las nuestras no solo nos convierte en personas más empáticas, sino que también nos hace más modestas: muy posiblemente podamos aprender algo del razonamiento opuesto, aunque solo sea profundizar en el arte de respetar las opiniones ajenas de forma más serena.

Considersarse superior

Soberbia: Muy probablemente en algún momento de nuestras vidas nos hemos considerado mejores que los demás en algún aspecto. Si por casualidad lo hemos verbalizado en voz alta, es posible que hayamos generado más de una y más de dos miradas desaprobadoras, aunque no nos hayamos dado ni cuenta.

Humildad: Si somos un poco curiosos y observadores, no nos resultará difícil encontrar ámbitos dónde nunca hayamos puesto a prueba nuestras destrezas o habilidades y que por tanto estas sean, de inicio, básicas o nulas. Nada como salir de la archiconocida zona de confort para dejar de sentirnos especiales o mejores que nadie. Comprobar por nosotros mismos que podemos ser realmente mediocres en gran cantidad de ámbitos es una de las mejores curas de humildad que existen. Además, reconocer los méritos de los demás y profesarles respeto y admiración no nos hace más pequeños ante sus logros, al contrario, nos engrandece de una forma muy sana.

Juzgar a los demás

Soberbia: En multitud de ocasiones juzgamos y criticamos a los demás, a veces casi sin darnos cuenta. Posiblemente nos resulte más sencillo ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, pero es evidente que juzgar a los demás, muchas veces sin ni siquiera tener toda la información necesaria, es un acto altivo y poco empático.

Humildad: Las personas más humildes evitan emitir juicios hacia la conducta de los demás. Bastante tienen con ser conscientes de sus actitudes e intentar mejorarlas cada día. Un ejercicio interesante para desarrollar nuestra humildad es dejar de juzgar a los demás durante 21 días seguidos, un ejercicio muy parecido al de mejorar nuestra proactividad. Para realizarlo necesitaremos una goma de cabello, una pulsera o similar. El primer día nos la pondremos en una de las muñecas. La goma será simplemente un recordatorio para que tengamos presente  a lo lago del día que nuestro objetivo es dejar de juzgar al prójimo. Además de que no es tarea fácil, la verdadera dificultad llegará en el momento de la crítica o juicio, ya que entonces deberemos cambiarnos la goma de muñeca y volver a empezar al día siguiente como día 1. Este tipo de actividades pueden parecer algo infantiles, pero no dejan de ser una forma de hacernos más conscientes de la cantidad de veces que emitimos juicios sobre los demás.

Ser orgulloso

Soberbia: Una buena autoestima está basada, entre otros muchos aspectos, en saber poner límites a los demás para que no pisoteen nuestros derechos fundamentales, como puede ser, por ejemplo, que nos traten con respeto. Esa autoestima, llevada al extremo, es lo que se considera el orgullo, y la línea entre una autoestima sana y el orgullo a veces puede resultar muy fina.

Humildad: Alguien con una autoestima sana conoce la importancia del perdón y de dejar atrás el resentimiento en su proceso de desarrollo personal. Perdonar a alguien no solo nos hace más fuertes y nos permite avanzar, sino que también nos humaniza reconociendo las debilidades de los demás, además de las propias.

Identificarse con los logros materiales conseguidos

Soberbia: Hay muchas personas que, a medida que triunfan en el ámbito económico, se reconocen a ellas mismas por lo que tienen, antes de por lo que son.

Humildad: Con los años, la mayoría vamos siendo conscientes que los bienes materiales son necesarios para cubrir nuestras necesidades básicas, pero que, más allá de una cantidad que asegure un cierto bienestar, no somos ni más ni menos felices por poseer más o menos dinero. Las personas más humildes son conscientes de ello y por eso no basan su autoestima en lo que poseen, ya que saben que lo que hoy tenemos, puede no estar mañana. En cambio, la basan en aspectos más psicológicos como la gratitud, el perdón o su capacidad para amar a los demás y ser amados.

Vistos estos cinco ejemplos podemos entender que todos en algún momento mostramos actitudes prepotentes. Lo importante es reconocerlas en nosotros y no solo en los demás, ser conscientes del motivo por el que las mantenemos e intentar substituirlas por comportamientos que estén más acordes con nuestro momento personal.

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Montse Armero. Psicóloga General Sanitaria. Colegiada 11986 del COPC.

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