El otro día estaba en la sala de espera del médico, cuando una señora sentada a mi lado le comentó a su acompañante: «No sé tú, pero yo tengo la sensación de que el tiempo es como el agua, por más que intento atraparlo se me escurre de las manos». Me pareció de lo más poético empezar el día con esa frase y me sentí afortunada por haberme sentado lo suficientemente cerca para escucharla.

Que la vida pasa muy rápido es algo que hemos experimentado hasta la saciedad: la mayoría perdemos la noción del tiempo cuando hacemos una actividad que nos gusta, como puede ser mantener una conversación amena, contemplar la naturaleza, practicar una afición o aprender algo que nos motiva. Cuando todo fluye, las semanas pasan volando y las estaciones transcurren sin que apenas nos demos cuenta.

Pero el paso de las horas también puede vivirse desde la más absoluta lentitud, y para ello no es necesario consumir sustancias psicotrópicas que alteren la percepción. Basta con estar pasándolo mal para darse cuenta de que la dimensión temporal tiene muchos más matices de los que podríamos creer a priori.

Pongamos por ejemplo el dolor físico agudo. Si le preguntásemos a una parturienta, a alguien a quien se le ha acabado el efecto de la anestesia o a una persona con un cólico nefrítico, casi con total seguridad nos dirían que los minutos se les hacen eternos.

En el malestar psicológico también sucede algo parecido. Por ejemplo, cuando recibimos una noticia difícil de asimilar como es una muerte, entramos en una especie de shock en el que el tiempo se vuelve más denso y los momentos y días posteriores transcurren de manera extraña, hasta que de alguna manera encajamos esa nueva realidad y volvemos a  la normalidad.

Lo mismo ocurre cuando el sufrimiento se vuelve crónico. Las personas que están pasando por un período especialmente complicado de estrés, ansiedad o depresión, viven el tiempo casi como si fuese una pesadilla y, como es lógico, con un grado tan elevado de padecimiento es fácil que la percepción del tiempo se altere y se tenga la impresión de que el reloj no avanza.

Esa lentitud también podemos experimentarla en situaciones mucho más cotidianas: cuando asistimos a una reunión que no nos apetece, pasamos largo rato en una cola, estamos atrapados en un atasco o simplemente nos aburrimos.

Lo curioso es que todas las situaciones anteriormente descritas tienen un elemento común: la resistencia a lo que sucede. Piénsalo detalladamente: cuánta parte del malestar psicológico proviene de la no aceptación de nuestras circunstancias. Mucha. Incluso el dolor físico puede disminuir si uno conoce sus mecanismos y trabaja su tolerancia.

Aceptar las cosas tal cómo son, incluso amar esa realidad, sea cual sea, puede suscitar un gran rechazo en muchos de nosotros; lógico, no nos han educado para entender la vida de ese modo.

Pero si exploramos cualquier corriente psicológica, filosófica o religiosa, la mayoría de ellas abogan por estar en paz con nuestra realidad y a sentir un amor incondicional hacia nosotros y hacia los demás. Al final estamos aquí para evolucionar y ser felices. Otra cosa es que sepamos cómo hacerlo.

Artículo publicado en La Crónica de Salamanca: https://lacronicadesalamanca.com/263295-el-paso-del-tiempo/

Montse Armero. Psicóloga General Sanitaria. Colegiada 11 986 del COPC.

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