Días extraños

Son días extraños.

Días llenos de incertidumbre mezclada con una cotidianidad que nos recuerda que nuestra vida continua.

Hay momentos en los que incluso parece que todo sigue igual que siempre, que no ha cambiado nada. Hasta que nos damos cuenta de que todo se ha transformado y que en esta historia absolutamente todos hemos perdido algo.

Los primeros, los fallecidos. Cada vida humana que tenía que haber continuado, fuesen tres meses, tres años o treinta más, es una derrota añadida a las estadísticas y una auténtica tragedia para los segundos más perjudicados en toda esta situación: sus familiares.

Personas que cuando todo esto pase, posiblemente podrán celebran que siguen vivos, pero nada más. Esta enfermedad les habrá partido el alma en dos.

2020 será, especialmente para ellos, un annus horribilis.

Y después estamos el resto. También nosotros hemos perdido: principalmente la libertad y la estabilidad económica —quien la tuviese—, pero también aspectos tan importantes como salir a la calle sin preocuparnos, poder abrazar a nuestros seres queridos o la sensación de calma.

Una situación que cada uno lleva como puede y en la que es fácil que pensemos que nos gustaría ser «el otro»: el que tiene un balcón, el que tiene perro, el que sale a trabajar o el que se queda en casa.

Cada uno pone el foco en lo que cree que más le falta. E incluso pensamos que si lo tuviésemos seríamos más felices que ahora.

Pero para comprender realmente cómo nos sentimos actualmente, es clave entender cuáles eran nuestras circunstancias y nuestros patrones mentales previos al confinamiento.

No podemos olvidar que la vida anterior a la actual ya era lo suficientemente compleja y quien más quien menos tenía sus propios problemas. Y este virus no ha hecho más que exacerbarlos y crear nuevos conflictos.

Si previamente no nos sentíamos bien con nosotros mismos por el motivo que fuese —baja autoestima, psicopatología previa o comunicación inadecuada con los demás, por poner algunos ejemplos—, fácilmente nuestra situación actual será peor.

Si nuestra situación económica era precaria, pues no digamos ahora. O si estábamos enfermos o cuidando de alguno. O si estábamos elaborando un duelo. La lista de dificultades y problemas previos es interminable.

Y todo ello hace que la mochila de problemas anteriores más los actuales pese demasiado.

Pues sí que lo llevamos malme podrás decir.

Bueno, pues sí y pues no. Sí porque ya sabes que esta situación es posiblemente de lo peorcito que hayas vivido, no hace falta que venga yo a decírtelo. Y no porque no hemos hablado del aspecto más clave en toda esta historia: nuestra actitud ante la adversidad. Ahora y en los próximos meses.

Quizá en tu vida previa vivías demasiado en piloto automático. O dabas cosas por sentado que ahora no puedes. O puede que pensaras que algo así no te podía pasar.

Y claro que pasa.

Mientras más años vives, más te das cuenta de que tú tienes unos planes y la vida tiene otros. Adaptarte al ahora con la mejor actitud es casi lo único que puedes hacer.

Pero déjame decirte que de esa acción depende casi todo tu bienestar.

Así que si no lo has hecho hasta ahora y te estás dejando arrastrar por la corriente, despierta.

La vida también es esto que está sucediendo. Tu actitud puede diferenciar ahora más que nunca quién quieres ser en esta historia.

El que se deja llevar, o el que toma las riendas de su mente y decide sacar lo mejor de sí mismo de esta situación.

De ti depende.

Y si no sabes cómo hacerlo, busca ayuda.

Artículo original publicado en La Crónica de Salamanca.