Echar de menos o echar de más

Cuando en Wuhan estaban bajo confinamiento estricto, desde el otro lado del mundo leíamos —sin prestar demasiada atención—, noticias sobre las secuelas psicológicas de permanecer encerrados o el índice exacerbado de divorcios que iba a tener lugar.

Qué lejos nos queda todo aquello. Parece que hablemos de otra vida y no han pasado ni cuatro meses.

En España hemos vivido un confinamiento menos estricto —allí incluso llegaron a cerrar los supermercados en algunas áreas—, pero bastante similar. Y las consecuencias han hecho mella en muchas personas.

Parejas que no pasaban por un buen momento se han visto obligadas a convivir las 24 horas; adolescentes que tenían una mala relación con sus padres no han podido buscar alivio fuera de casa; familias monoparentales han vivido una conciliación imposible, y tantas otras situaciones estresantes que se han dado en millones de hogares estos últimos meses.

Vivir bajo el mismo techo 24/7 ha aumentado el número de conflictos y ha hecho que en muchas ocasiones lleguemos a echarnos más de más que de menos.

Echar de menos tiene una connotación nostálgica, pero positiva: implica el deseo de volver a hacer algo o ver a alguien, aunque nos entristezca no poder hacerlo.

Echar de menos es proyectar en la otra persona todo lo bueno que nos aporta y  minimizar los aspectos negativos de la relación.

Echar de menos alimenta la amistad, consagra el amor hacia nuestros seres queridos y eleva hasta los cielos las relaciones románticas. Nada alimenta más el deseo entre los amantes que el no poder verse.

En cambio, echar de más es sinónimo de cansancio, hartazgo y hastío. Es cuando alguien te sobra, aunque sea tu hijo, tu mujer o tu padre y sea la persona que más quieres de este mundo.

Echar de más estropea las relaciones y no nos deja ser objetivos respecto a nuestros sentimientos más profundos.

Echar de más pone el foco en lo negativo y enmudece el amor que sentimos hacia nuestros seres queridos.

Un amor que este virus también ha puesto a prueba.

Por ello es imprescindible que no solo nos queramos, sino que nos queramos bien. Que sepamos hablarnos desde el respeto y el amor profundos y que dejemos pasar esos pensamientos negativos hacia los demás igual que hace el cielo con las nubes: aparecen y después se van.

Hasta que no podamos echarnos de menos, hagamos lo posible por no echarnos de más.

Nuestra estabilidad emocional nos lo agradecerá.

Artículo original publicado en La Crónica de Salamanca.