La nueva normalidad

Desde que la mayoría de la población puede salir una vez al día, parece que hemos vuelto a la normalidad.

Hemos visto parques llenos, paseos marítimos atestados de gente, grupos de jóvenes reencontrándose, amigos volviendo a quedar para salir en bici y tantas otras imprudencias, a cual peor.

¿Justificable? En ningún caso. ¿Entendible? Sí, sin ninguna duda.

Al igual que las ollas a presión tienen sus válvulas de escape, el ser humano también necesita las suyas, y para la mayoría de personas, volver a la calle después de 50 encerrados, ha sido un gran desahogo.

El problema ha sido confundir «realizar actividad física individualmente» o «pasear con la persona con la que se convive» con todo el circo que ha montado la gente que pensaba que ya estábamos en la fase 3.

Antes de que se tomase esta medida, creía que si hubiésemos podido salir una vez al día como en tantos otros países, no hubiésemos sufrido tanto estrés psicológico. Tiene toda la lógica.

Pero visto lo visto, es casi seguro que hubiésemos lamentado un número de muertes mucho mayor.

Así que priorizar salvar vidas aunque las secuelas psicológicas en la población general hagan estragos, es la opción menos mala. De tu insomnio, tu apatía o tu ansiedad, muy probablemente te recuperarás, es cuestión de tiempo. El ser humano es altamente resiliente.

La semana pasada la mitad de la población española entró en Fase 1, algo así como la gran prueba de fuego de esta situación. Otros tendremos que esperar un poco más.

Ha llegado la apertura de terrazas, del pequeño comercio y el permiso para realizar reuniones de hasta diez personas.

Todo ello va a recordarnos inevitablemente nuestras costumbres previas al confinamiento y, aunque todos conozcamos perfectamente la teoría, en según qué situaciones va a ser muy difícil mantener las distancias de seguridad.

Vamos a tener que aprender a saludarnos en la distancia, a prescindir de nuestros besos y abrazos, incluso a fijarnos más en el lenguaje corporal porque no podremos leer los labios de nuestro interlocutor.

En nuestra cultura mediterránea vamos a tener un extra de dificultad, estoy convencida, somos mucho más sociables que en otras culturas cercanas.

¿Vamos a ser capaces de cambiar una forma de ser y de comunicación tan arraigada?

Pues en este caso la respuesta es fácil: será esta o ya sabemos, para atrás como los cangrejos.

Hasta que no haya tratamientos realmente efectivos y llegue la ansiada vacuna, esta será la nueva normalidad. Si todo va bien. Si no, tendremos que volver a la casilla de salida.

Pensar lo contrario va a darnos una sensación de falsa normalidad muy peligrosa. Esa falsa normalidad que estamos viendo en demasiadas personas desde que se puede salir.

Como siempre, habrá quien se adapte fácilmente a la nueva manera de relacionarnos y a los nuevos esquemas mentales.

Quien no pueda porque priorice un abrazo o un beso al riesgo que comporta, tendrá que ser consciente de que no solo estará poniéndose en riesgo a sí mismo, ya de por sí algo muy serio, sino que él y tantos como él estarán poniendo en jaque a toda la sociedad.

Artículo original publicado en La Crónica de Salamanca.