Romper la inercia

 

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Romper la inercia no es una tarea fácil, la mayoría lo hemos experimentado. Nos proponemos comer de manera más saludable, ponernos en forma, irnos a dormir más pronto, quedar más con los amigos o leer más. Lo que sea. Nos llenamos la boca de buenos propósitos y, en cuestión de semanas, a lo sumo meses, nos autosaboteamos el plan.

¿Por qué nos hacemos algo así? ¿Tan poco nos queremos? La respuesta no es sencilla. Incluso las personas que tienen una autoestima sana muestran dificultades para realizar cambios. 

Mi principal teoría —bastante de andar por casa, lo asumo, pero comprobada empíricamente en unos cuantos ámbitos— es que no sabemos cómo romper la inercia. Veamos algunos ejemplos.

Te propones perder 10 kilos para la operación biquini. Te pasas tres meses haciendo un esfuerzo bárbaro y lo consigues. Pero… Ya sabemos cómo acaba la frase en la mayoría de ocasiones: al cabo de un año los has recuperado. ¿Por qué? Pues porque no has sabido cambiar tu inercia y, a la que has conseguido tu objetivo, has vuelto a la casilla de salida. 

Otro ejemplo: has leído que la meditación aporta grandes beneficios a quien la practica. Miras vídeos por internet sobre cómo empezar, sabes que incluso dedicándole unos pocos minutos al día puedes comenzar a notar sus efectos positivos. Puedes realizarla sentado, estirado o incluso caminando. ¿Te pones manos a la obra? No. ¿Por qué? Pues porque tu inercia pasa por no practicar meditación, y aunque sepas que es una de las mejores actividades que podrías incorporar a tu estilo de vida, evitar el esfuerzo que supone empezar compensa los beneficios que podrías obtener.

También es aplicable al sector empresarial. Por ejemplo, una compañía decide echar al gerente después de años de conflictos internos con sus trabajadores. No obstante, por mucho que el máximo responsable cambie, es muy probable que una gran cantidad de aspectos se mantengan inamovibles. ¿El motivo? Modificar una estructura muy consolidada lleva su tiempo, y eso contando que la directiva quiera cambiarla, porque en muchas ocasiones no será así. Por la misma inercia, obviamente.

Volvamos al ámbito personal: te fijas como objetivo caminar los 10 000 pasos al día recomendados. Parece una meta alcanzable. Te compras una pulsera de actividad, unas bambas y hasta unos bastones para hacer Nordic Walking. Los primeros días cumples a raja tabla tu meta, incluso la superas. Pero un día llueve y no sales, otro tienes una reunión a la hora que vas a caminar, y la tercera semana coges un resfriado y estando así no vas a salir, no sea que empeores. Total, que entre que hace frío y que en esta época del año oscurece pronto, ya empezarás en primavera. Si es que empiezas.

Tomar la decisión de mejorar es una tarea relativamente sencilla comparada con el esfuerzo de llevarla a cabo en el día a día. Y la inercia está ahí para recordarnos que es más fácil no cambiar, de lo contrario ya lo habríamos hecho antes. 

Eso no significa que uno no pueda marcarse metas y alcanzar objetivos, millones de personas lo consiguen cada año a nivel individual y colectivo. Pero para lograrlo, tendremos que hackear nuestro cerebro si queremos que esa transformación se materialice y deje de ser una quimera.

Artículo publicado en La Crónica de Salamanca

Montse Armero