La señora A y la señora B

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La señora A y la señora B son las protagonistas de la historia de hoy.

Te cuento.

A unos minutos caminando de mi casa, hay un parque. Este de aquí, no, otro.

Este es bastante más grande. Tiene unas 12 hectáreas y espacio suficiente para que decenas de familias se congreguen el fin de semana a pasear, hacer pícnic o comprar en el mercado ecológico que se instala los domingos.

A mí me gusta ir entre semana, está mucho más tranquilo y puedo practicar mindfulness, caminar o leer tranquilamente sin distracciones.

Hace unos días, la casualidad quiso que dos señoras que pasaban justo a mi lado estuvieran hablando sobre uno de mis temas favoritos.

No te puedo explicar todos los pormenores de la historia porque básicamente los desconozco, pero caminaban tranquilas y se iban parando mientras hablaban, así que pude hacerme una idea de la situación.

Llamémoslas señora A y señora B. 

La señora A era una mujer alta y corpulenta, pelo oscuro y recogido. Tendría alrededor de sesenta años y era la que llevaba el peso de la conversación. 

La señora B era más bien menuda y se movía más ágilmente. Mientras las observé no dijo ni mu, solo escuchaba.

La señora A gesticulaba especialmente con las manos como si estuviera enfadada o indignada. Le estaba explicando a su acompañante las dificultades que tenían su hijo y su nuera para llegar a fin de mes. Básicamente, criticaba cómo actuaban. 

La señora B mantenía una posición corporal neutra.

Ahora que ya te has podido imaginar un poco más la escena, lo que más me llamó la atención de una historia que no sé ni cómo empieza ni cómo acaba, fue cuando la señora A le espetó a la señora B: 

“Y lo que yo les digo que tienen que hacer es que SOLUCIONEN EL PROBLEMA DE UNA VEZ. Y lo dijo con mucho énfasis, para que quedase claro lo que ella pensaba.

Por eso digo que hablaban de uno de mis temas favoritos. Me gusta ayudar a solucionar problemas. Al menos los psicológicos. 

Resolver problemas no siempre es fácil. De hecho, hay algo que si ahora mismo yo estuviese hablando con la señora A, le diría. Con toda la delicadeza que pudiese, eso siempre. Y si me preguntase qué hacer, si no nada. Dar consejos que no nos piden casi nunca es bien recibido.

Pero como la mujer no está aquí, te lo explico a ti.

Le diría algo parecido a lo siguiente.

Señora A:

Entiendo su preocupación por el problema económico que su hijo y su nuera tienen. A nadie nos gusta ver sufrir a nuestros seres queridos.

Sin embargo, estará de acuerdo conmigo en que las personas no siempre saben cómo resolver sus problemas. O lo saben pero no se atreven a dar un paso en sus vidas. O no pueden porque sus circunstancias actuales no se lo permiten. 

 Juzgar a los demás por su comportamiento es humano, la mayoría lo hacemos, pero si de verdad quiere que su hijo solucione su problema, empiece por dejar de juzgarle, o al menos, no se lo transmita. Hace mucho daño y mina la confianza de cualquiera que está en la cuerda floja, créame. 

Transmítale que entiende y comparte su preocupación, le reconfortará.

Apóyele, aunque usted sepa que no está actuando de la mejor manera. Quizá lo está intentando a su modo y no sepa hacerlo mejor. Pero saber que su madre le respalda le dará seguridad para encontrar una mejor solución.

Y si usted sabe realmente cómo solucionar el problema, cuénteselo a su hijo. Pero no desde la imposición, sino desde la sugerencia.

Solo así es posible que su hijo la escuche, incluso que tome sus consejos y redirija su vida.

Esto es lo que le diría a la señora A. Puede que le interesase mi argumento, o puede que no, faltaría más. Pero los puntos de vista diferentes nunca vienen mal aunque tengamos claro qué es lo que hay que hacer.

Si te sucede como al hijo de la señora A y no estás sabiendo cómo resolver tus problemas, pásate por aquí, quizá pueda ayudarte a darle un enfoque psicológico distinto. 

 

Artículo original publicado en La Crónica de Salamanca

Montse Armero