Hacer balance de lo bueno y malo

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Hacer balance de todo lo que hemos vivido a lo largo del año es algo muy habitual en estas fechas de celebración.

Cuando reflexionamos sobre lo ocurrido en los últimos meses, algo habitual es tener la impresión de que el tiempo se nos escapa de las manos. Y a medida que  pasan los años, más se acelera esa sensación.

Sin embargo, el paso del tiempo es absolutamente relativo. Cuando nos estamos divirtiendo durante unas vacaciones, pasamos por una época en la que estamos más relajados o no tenemos grandes preocupaciones, el tiempo fluye.

En cambio, cuando estamos viviendo un momento especialmente difícil, el tiempo adquiere una dimensión más densa y puede llegar a pesarnos como una losa. Las horas del reloj no pasan y el calendario no avanza, el tiempo es espeso.

La medida de tiempo es la misma, pero nuestra percepción interna cambia totalmente debido al sufrimiento psicológico que la acompaña.

Al hacer balance, ¿qué hacemos con los malos momentos?

Si nos detenemos a contemplar detalladamente todos los acontecimientos más importantes de año, observaremos que hemos vivido momentos muy variados.

Aunque hayamos tenido un buen año, es casi seguro que también habremos pasado por situaciones complicadas y noticias tristes. Pese a ello, al hacer balance las circunstancias positivas compensarán los malos momentos.

Y al revés, incluso si hemos vivido un auténtico annus horribilis, también habremos vivido ocasiones más neutras o incluso bonitas aunque el aura de malestar no nos haya permitido disfrutarlas al máximo.

Vivimos en una permanente escala de grises, desde el más claro al más oscuro, y uno de nuestros cometidos en la vida debería ser aprender a estar en paz con todos ellos.

Nadie quiere pasarlo mal, estar enfermo o despedir a nuestros seres queridos, pero negar esa parte de la vida es negar la vida misma.

Nuestra existencia está llena de situaciones de todo tipo, y el dolor, el malestar y los malos momentos también forman parte de la vida, tanto si nos enfrentamos a ellos como si les damos espalda.

Así que el primer paso es aceptar que a lo largo de los años lo más habitual es vivir circunstancias difíciles, y que cuanto antes las aceptemos, antes dejaremos de sufrir.

La fórmula de la felicidad

Hace ya algún tiempo, Mo Gawdat, ingeniero y ex trabajador de Google, estableció una fórmula matemática sobre la felicidad, en la que explicaba de forma muy sencilla el motivo por el cual somos infelices.

La ideó después de vivir una situación terrible: la muerte de su hijo por un error médico en una operación de apendicitis.

En su fórmula proponía que la felicidad era igual a los acontecimientos de nuestra vida menos las expectativas de cómo debían ser. Es decir, que el sufrimiento radica en no soportar cómo es nuestra vida y pensar que debería ser de otra forma.

No aceptar cómo son nuestras circunstancias puede convertirse en uno de los mayores sufrimientos que puede padecer el ser humano.

Si de verdad queremos lograr vivir una vida con la que nos sintamos satisfechos, será imprescindible hacer balance y considerar la aceptación una gran aliada.

Trabajar la aceptación

Pero para llegar a una situación de aceptación, la mayoría pasamos previamente por momentos de gran tristeza, rabia o angustia. 

Lo que ocurre es que llega un momento en que la aceptación pasa a ser la opción más viable para dejar atrás esa etapa de sufrimiento que llevamos tiempo viviendo.

Estamos saturados y nos disponemos a revertir el dolor y a cambiar nuestra vida, aunque muchas veces no sepamos ni por dónde empezar.

Lo ideal sería que la aceptación fuese una herramienta activa que utilizásemos para poder hacer frente a las circunstancias, pues cuanto antes toleremos cómo son, antes podremos sanar y avanzar en nuestro camino de realización personal.

Aceptar lo que sucede nos impulsa a actuar y a buscar otras formas de ver lo que ocurre.  

Cuando no podamos cambiar absolutamente nada de la situación que estemos viviendo, trabajar la aceptación se hará aún más necesario.

Gracias a ella, será como si nos pusiéramos unas gafas nuevas y con ellas tuviésemos un nuevo enfoque. Una nueva visión que nos hará sentirnos más en paz con nosotros mismos.

No actuaremos desde la resistencia, sino desde la reconciliación con la realidad. 

Y cuando las circunstancias dependan de nosotros y podamos modularlas, la aceptación nos ayudará de inicio a hacer balance y sentirnos más en paz con la situación previa al cambio, y más adelante a introducir las modificaciones pertinentes desde la tolerancia y la comprensión.

Recordemos que aceptar las circunstancias no significa resignarse, sino más bien una parte del proceso para llegar a estar en paz con nosotros mismos.

Si te ha gustado este artículo, encontrarás más recursos de este estilo en mi libro Aprendiendo a vivir: Cómo ser un adolescente proactivo y feliz.

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Montse Armero

 

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