Recibir malas noticias

Cuando uno vive muchos años, no le queda otra que habituarse a los cambios. Algunos son positivos, como la evolución de la sociedad, la tecnología que nos hace más fácil el día a día, enamorarnos, un ascenso laboral o la llegada de nuevos miembros a la familia.

Pero también somos testigos de que no todo va a mejor, vivimos en carne propia como algunas relaciones se deterioran, los achaques de la edad se acumulan, toca renunciar a muchos sueños no cumplidos y, mal que nos pese, de alguna forma acabamos acostumbrándonos a las malas noticias.

Estas suelen llegar de golpe: un despido, una traición, un diagnóstico de malignidad, un temporal que arrasa con nuestras pertenencias o un accidente. Algunos sucesos pueden dar pistas previas, como una separación o una persona gravemente enferma que fallece, pero muchos otros llegan por sorpresa y nos dejan sin respiración y con la vida del revés.

¿Quién se espera que le llamen a las tres de la mañana para notificarle que un familiar ha sufrido un accidente de tráfico? Nadie. Y sin embargo cada día miles de personas en el mundo reciben una llamada así. No podemos evitar las malas noticias y, solo por probabilidad, si peinas canas ya debes haber sido testigo de unas cuantas a lo largo de tu vida.

Es evidente que no todas nos tocan de cerca ni nos afectan por igual. Por lo general, la mayoría suceden a personas que conocemos, se reducen entre nuestros familiares y amigos, y disminuyen aún más si nos centramos en nosotros mismos.

Eso no significa que las desgracias ajenas no puedan afectarnos, a veces lo hacen, y mucho, pero lo habitual es que en unos días volvamos a la normalidad. Otra cosa es cuando las personas más allegadas sufren los percances o directamente nos salpican a nosotros. Algunos revisten de una gravedad extrema o son auténticas tragedias, y para estas uno nunca está preparado, por muchos años que se hayan vivido.

Quizá un elemento importante de saber encajar las malas noticias sea relativizar la gravedad del asunto. No pocas veces encontramos personas que responden de manera desproporcionada a un incidente sin demasiada importancia para la mayoría, y al revés, gente que está en estado de shock o de negación, parece que no reaccione a una catástrofe descomunal.

De hecho cada uno actúa como puede, ya que no es muy habitual que nos preparen para hacer frente al dolor y al fracaso. Quizá algunos tengan la fantasía de que los infortunios solo les suceden a los demás, pero eso es algo que el tiempo se encarga de desmentir.

Nadie se libra de pasar por momentos grises, incluso muy oscuros. Y qué pocas veces sabemos equiparar las épocas en las que hay ausencia de dolor con la felicidad, ¿verdad? Como decía la autora Dorothy Parker, “Los que se enferman de la calma es que no conocen la tormenta”.

Artículo original publicado en La Crónica de Salamanca.